Marquitos le decía su madre, y su abuela Nara, también sus primos y aquel vecino con el que había jugado un par de veces a la rayuela.
Para ellos no había pasado el tiempo, el barrio seguía siendo el barrio, las calles ahora asfaltadas y con farolas de potente luz, seguía albergando la imagen de calles de tierra, cunetas inundadas y penumbra cálida de noche de verano.
Marquitos ya no era, sin embargo, tan Marquitos, incluso el diminutivo ironizaba al aplicarse a ese muchacho alto y bastante compacto que fumaba tirado en la cama esa noche de diciembre. Con pelos en las piernas, y gambas de bicicleta, y bicicleta que fue de su padre, para aquel entonces ausente como quien no quiere la cosa. Es que el tiempo hace imposible sentir el vacío del momento de las grandes partidas, la risa nerviosa al no saber que hacer, las lágrimas abruptas, los años de terapia, el puchito que faltaba para pagar el agua, es que el tiempo deforma. Ahora todo aquello estaba cubierto de polvo, como adorno viejo.
La navidad afloraba por el Bajo Rosario. Los vecinos habían colgado luces y guías a diestro y siniestro, aquello era una especie de colage mal pegado, entre chapas, bloques sin reboque y luces navideñas. Los muchachos sin embargo desvirgaban una y otra vez su sed con una sidra en plástico que de a moneditas podían comparar. Por aquella época el calor fatigaba.
En el Bajo todos aprontaban comidas para esa navidad, los vecinos iban a lo del Cacho a comprar comida típicas de un clima invernal para degustarlas bajo la atmósfera de 35 grados.
En lo de Marquitos se reunía un tropel de comensales a los cuales la comida y la bebida nunca parecía satisfacer. La Celia, su madre, había enviudado hace ya 8 años. Era una mujer de carácter tenue pero firme, de esas que acarician el alma en el momento justo, que guardan silencio para que luego bien se escuchen sus palabras. Había nacido en el Bajo, y en el Bajo moriría. Era la vecina de los vecinos, de esas que barren la vereda y toman mate sentadas en la puerta. Una mujer que cargaba con 10 horas de laburo diarias en la fábrica de cerámica de los Pérez, esos viejos atorrantes.
La mesa ya estaba servida, sonaba la plena por unos parlantes que Marquitos y el Pulga habían montado en el patio. La abuela Nara decía algo sobre el reuma, un par de botijas corrían por el patio proliferando gritos agudos, la prima Agustina tomaba sidra en una taza.
Todo estaba listo, el festejo daba arranque. Luego los fuegos artificiales, los regalos, la bailanta. Y mañana igual. Para amanecer el 26 con la Celia laburando, el Marquito acostado, los muchachos en la esquina de pavimento y luces potentes. Para amanecer en el Bajo, olvidado por los tiempos.