¡Ay el furioso viento al vivir en las cornisas!
Quizás sus pies hagan callos por la inmovilidad de vivir siempre en la línea.
Se mira con ojos duros, reacios a evadirse, inconformistas y rudos.
¡Ay! Qué envidia insana hacia los convencidos, hacia los que se adueñan de sus voraces palabras, hacia los que hieren y sanan sin tambalearse.
Ahora se recubre de buzos y buzos. Sale a caminar bajo la niebla matinal. Pero el frío siempre ha sabido colársele por los poros. Ayudado por los baches de sus dudas.
Es que Montevideo es hermosamente cruda en estos días. Y es que el manto impune de las injusticias sublimadas tiene a bien recubrir todo de escarcha.
Se dispone a mover sus pocos kilos y su piel de parches. Sintiéndose seguro de poseer un objetivo. Un horizonte, una pizca de color en el lienzo vacío de las certezas. Pero la musa no está presente tras los edificios, ni los pintores anidarían en sus manos. La paleta se vacía de colores, que se sangran por el filo hacia el asfalto. Se deslizan sin mirarlo hacia las alcantarillas. Cayendo por la inercia de los días vividos a malos platos y pocas propinas. La oscuridad allí es indisociable del humor ácido, corrosivo. El verde se hace rojo espeso, y así también los azules, negros y amarillos.
Es que ese es el reino del descargue silencioso de los transeúntes matutinos. De sus desechos tóxicos.
Allí donde está el rey sin trono mirándose las manos, mientras arrastra sus pocos kilos al pasear por Montevideo.