sábado, 1 de noviembre de 2014

Yo.

Él se relame sabores añejos a esas horas de la historia.
Él se agradece y congratula de su falta de frialdad en el análisis.
Se sabe entonces, la parte necesaria, del sentimiento puro.
Se maravilla ante el hambre bien recordada.
Salvada de los olvidos pronunciados de la sociedad amnésica.
Entonces todos esos libros nunca leídos son el menor de los errores.
Porque es de ella que deviene esa fuerza incontrolable. De esas niñas tripas sonando y resonando.
Él se alborota y no dice amén alguno. Y se ama en esos otros uniformes e indiferenciados.
Enarbola la bandera roída, esa que en sus horas más ciertas no tiene tinte de obsoleta.
Él no legitima las botas de pesos pesados.
Mirándose en los muros de contención, arrancándose de la sien toda posibilidad de obediencia terrible.
Y sabe ahora, quizá más que nunca, de esos traidores que se mitifican y maquillan en los espejos.
Y sabe entonces de ese paredón al que asiste obligatoriamente, mientras las balas de letras y sílabas lo auchillan en un puñado de adjetivos categóricos.
Y sabe ahora de esa dignidad tan suya. La que no renuncia y no desiste de ese empecinado camino.