Pola, la de los senos pequeños y labios curtidos. La que se divierte al encontrar en la boca de la caja besos tibios, en esas noches de rencor y dolor mal disimulados.
Pola, la que ha resuelto olvidarse de sí y de su historia y del hombre y de los callos que anidaban en las manos del hombre. Y de su nombre, y de los cómo y los por qué.
Pola, la que lo besa y por si acaso se deja seducir por la obligación de mirar hacia ambos lados. Como un niño que mira al cruzar la calle.
Pola, la que ya no la cruzará jamás. La que ha hecho placenta tibia al cordón de la vereda.
La que intenta arrancársele presurosa, tan muerta y fascinada.
Pola, la que por más que corra liviana en las noches, y que las noches corran por ella, no podrá, ya nunca, recordar al hombre.
Pola, la que por si acaso guarda en sus ojos la maravillosa imagen de sus piernas. Y de los días asesinados para no pensar.
La que por si acaso recuerda a su madre, y a su inocente capacidad de bautizarla Culpa. Y a sus brazos ya cansados de sobreprotegerla. Y a su obstinación por bautizarse Vacía.
Pola, la que no llora y que por si acaso se sabe enferma.
La ya decidida. Precipitada a vivir en los no lugares y en esos relojes acribillados a puteadas.
Pola, la abandonada a la no existencia, regia y sudaba en no realidades que llamamos orgasmos.
Pola la que está pacientemente muerta, respirando crudo invierno frente al Río de la Plata.