miércoles, 7 de septiembre de 2016

Habitado

Hoy no desperté, mienten mis ojos.
Me enfermo, y lo sé.
A veces me divierto al ver a la gente correr, y los sé, ya muertos.
Me parte el nervio este mundo de hoy
El mío, el de ellos
Al que me llaman a vencer
Y no quiero
No puedo
Ya no me interesa la dicha
Ni el éxito programado
Mis piernas se parten y aún así corro
Esta carrera de idiotas no tiene fin
Y sin embargo, yo corro
Entre los idiotas
Y me sé, claro, uno de ellos

Hoy me duelo
Y duele
El mundo y la placenta
Y el cordón umbilical con el que me ahorco
Y la ausencia
Y el diálogo por que sí
Y la vanalidad mientras pito del lado del acompañante
Y miro por la ventana
Haciéndome el idiota
Pero lo sé,
Vos los sabés

En una parada espero al 103
Con su poca novedad
Hace frío y no me importa
Tengo hambre y llueve
Y no desespero

El túnel se abre para parir 8 de octubre
Con los letreros y avisos de su centro de segunda
Sus luces y su calle mojada
Y el semáforo
Siempre en rojo
Son manos y manos que se funden en el caño
Y el asiento vacío
Al lado de un hombre sucio y maloliente
Y el idiota de traje que lo mira
Y no se sienta
Y nos estorba

Y el guarda que una vez más nos dicen que demos ese pasito más
De seguro pronto se trenzará en puteadas con alguna mujer
Siempre vieja e indignada
Y bah, yo sólo miro
Hacia Comercio lo siento
Algún vendedor subirá
O alguna ONG para recordarnos lo feo que es el mundo
Y lo sé
Ellos también lo saben
Montevideo se dispone a ir quién sabe a dónde
Pronto 8 de octubre se hace Camino Maldonado para morirse en verdes
Lejos ya
Mi despertar
Y la doña que se indigna
El guarda que dicta órdenes
Y las ONG

Estoy sólo
Y te pienso
Tenés ahora el poder que te di
Llegué cansado y abrumado
Mi mente es una porquería y lo sabés
Porque hay algo
Más allá del perfume, la ropa,
Esos esfuerzos vanales para ser decente
Que hiede
Y lo sabés
Y te veo
Estás ahí
Como si no pudieses estar en otro lugar
Como si no tuvieses anclaje
Como no lugar en esta tierra que abruma
Y partís mis ojos a la primera mirada
Y ruego que tus manos nunca ya toquen las mías
Porque he hecho ya todo para contenerme
Y que la mierda no brote por mis orejas
Y que no quites los hilos de esta piel de parches

El límite que construyo
Mi hermetismo y pesimismo son sólo los hijos gemelos de mi dolor
Que sin mamas los amamanto
Porque saben deliciosa la ruin boca de la caja de vino
Y los cuido
Y los adorno y arropo
Y me dicen papá desde su cuna
Que le armé de cartones en la vereda
Bien cerquita de todos ustedes


Pero ay,
cuando vos estás
Y la luz del semáforo siempre rojo tiñe la ventana
Y un Dante presuroso arma la maleta
para irse a la puta con su infierno

Ahora vos dirás algo que yo no entenderé
Es que perdón, tu risa cantó y absorbió el mundo
Y curó
Yo miraré por la ventana y me mostraré reflexivo
Pronto sé
Que tú ya no estarás más
Pero estarás feliz y sin frío
Y yo
Conciliaré con el sueño
Su poca novedad del no descanso
Mientras la ansiedad me destroza el estómago
y mis uñas se divierten al rascar donde no pica
Y juraré que el nuevo día me salvará de mí
Y sabré que es mentira, claro, el mundo que mis ojos ven

Cuando la noche termine
Y ya nada duerma
Despertaré
Listo para habitar el dolor después del dolor
El círculo siempre círculo de mi ombligo
Que no se rompe y se llena de pelusas
Diré buenos días con alegría
Y fingiré,
Una vez más
Y para siempre
Que sólo estaba colgado mirando hacia la ventana


martes, 1 de septiembre de 2015

Pola

Pola, la de los senos pequeños y labios curtidos. La que se divierte al encontrar en la boca de la caja besos tibios, en esas noches de rencor y dolor mal disimulados.

Pola, la que ha resuelto olvidarse de sí y de su historia y del hombre y de los callos que anidaban en las manos del hombre. Y de su nombre, y de los cómo y los por qué.

Pola, la que lo besa y por si acaso se deja seducir por la obligación de mirar hacia ambos lados.  Como un niño que mira al cruzar la calle.

Pola, la que ya no la cruzará jamás. La que ha hecho placenta tibia al cordón de la vereda.
La que intenta arrancársele presurosa, tan muerta y fascinada.

Pola, la que por más que corra liviana en las noches, y que las noches corran por ella, no podrá, ya nunca, recordar al hombre.

Pola, la que por si acaso guarda en sus ojos la maravillosa imagen de sus piernas. Y de los días asesinados para no pensar.

La que por si acaso recuerda a su madre, y a su inocente capacidad de bautizarla Culpa. Y a sus brazos ya cansados de  sobreprotegerla. Y a su obstinación por bautizarse Vacía.

Pola, la que no llora y que por si acaso se sabe enferma.

La ya decidida. Precipitada a  vivir en los no lugares y en esos relojes acribillados a puteadas.

Pola, la abandonada a la no existencia, regia y sudaba en no realidades que llamamos orgasmos.

Pola la que está pacientemente muerta, respirando crudo invierno frente al Río de la Plata.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Diciembre en tertulias.

Es entonces un Cliche decir que todo es un cliche- Me dijo.

La luz le acariciaba ansiosamente el costado izquierdo. Se había convertido, sin premeditaciones, en una exteriorización de sus tertulias con la luna. En esas dónde se mostraba el alma en luces y sombras.

Parpadeó.

Tomé en mis manos el coraje y hablé. Le conté de los cliches eufemísticos lanzados como escupitajos desde la ventanilla de un auto.

No contestó, fue su perplejidad, esa que se hace hermoso gesto de ceño fruncido la que me abrió las puertas para proceder.

Le conté entonces de un hombre solitario que había perdido todo ser y todo afecto. "Uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde" recitaba aquel rostro de arrugas pronunciadas. Era más fácil sin dudas que explicar toda profundidad de aquel anciano sentir. Era más fácil que admitir que nadie convive con la idea de la muerte hasta que es un hecho consumado. Hasta ese momento donde la dama del vestido negro entra en toda habitación y llena todo aire, aficionando cualquier risa que amenace emerger. Continué por bosquejar que nadie admite cuanto amor siente en el momento preciso, salvo por, esos convencional-izados "te amo". Esos que son en efecto otro de los cliches que camuflan toda profundidad.

Creo que fue ahí cuando lo entendió, sus ojos se hacían lágrimas en su rojo parpadeo.
Quizás se asomó por un costado de mi sien abierta y vio a aquel hombre, sentado en la puerta de su casa mateando de sol a sol. Y vio entonces en sus gestos otra de las superficies llanas y mudas. Quizás ahí comprendió que en sus cliches, sus escupitajos, y sus arrugados sentimientos se escondía algo más hermosamente crudo, como un niño que sonríe, pero a medias. O quizás, no entendió nada de lo expuesto, o más bien todo lo contrario.

Nunca lo sabré, ahora mujer de ojos rojos en sombras y luces, te extraño. "Todo tiempo pasado fue mejor" guardaré ese cliche en mi canguro, y sin más emprenderé la marcha.

martes, 9 de diciembre de 2014

Rencuentros

Quizá se había asomado por las esquinas sombrías.
Casi imperceptible, como vieja depredadora de sueños.
Él, que sabía de cortinas de gotas golpeando la piel, la recibió a brazos tendidos, fundiéndose así en su opaco abrazo.
Siempre se había cuestionado de dónde provenía tal presencia ausente.
Ordenó una tarde, cada una de las piezas fragmentadas, tendiendo puentes, y fue allí que todo se hizo bosquejo, esquema, figura.
Podría ser que las nubes fuesen su madre, o la soledad pronunciada. Podía ser que hubiese tenido como padre al olvido, y quizás, este la había acunado, y la había herido en el mismo sentido que a él, que a sus brazos,  y al abrazo opaco en esquemas y figuras imborrables.
Quizás ella estuviese allí, con su vestido de colores abstraídos, aún cuando él alimentaba su sed de mundo en placenta tibia. Sin dudas que sí. Ella tenía todo segundo del tiempo como edad, toda omnipresencia, y estaba ahora intrínseca en cada paso de ese joven risueño.
Y ahora ya lo mira sin ojos, acaricia su sien sin tacto, se funde en copas de bares, y en sus mesas pegajosas, y en sus salsas agrias.
Y ahora él la acepta como presencia siempre presente, cuando el, ese yo que exteriorizo, se siente tan roto y sano en proporciones iguales.
Es ahí, cuando el reloj marca las mudas dos de la tarde, pita la última, lo apaga, mientras afuera Montevideo se tiñe gris y húmedo de norte a sur.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Yo.

Él se relame sabores añejos a esas horas de la historia.
Él se agradece y congratula de su falta de frialdad en el análisis.
Se sabe entonces, la parte necesaria, del sentimiento puro.
Se maravilla ante el hambre bien recordada.
Salvada de los olvidos pronunciados de la sociedad amnésica.
Entonces todos esos libros nunca leídos son el menor de los errores.
Porque es de ella que deviene esa fuerza incontrolable. De esas niñas tripas sonando y resonando.
Él se alborota y no dice amén alguno. Y se ama en esos otros uniformes e indiferenciados.
Enarbola la bandera roída, esa que en sus horas más ciertas no tiene tinte de obsoleta.
Él no legitima las botas de pesos pesados.
Mirándose en los muros de contención, arrancándose de la sien toda posibilidad de obediencia terrible.
Y sabe ahora, quizá más que nunca, de esos traidores que se mitifican y maquillan en los espejos.
Y sabe entonces de ese paredón al que asiste obligatoriamente, mientras las balas de letras y sílabas lo auchillan en un puñado de adjetivos categóricos.
Y sabe ahora de esa dignidad tan suya. La que no renuncia y no desiste de ese empecinado camino.