martes, 9 de diciembre de 2014

Rencuentros

Quizá se había asomado por las esquinas sombrías.
Casi imperceptible, como vieja depredadora de sueños.
Él, que sabía de cortinas de gotas golpeando la piel, la recibió a brazos tendidos, fundiéndose así en su opaco abrazo.
Siempre se había cuestionado de dónde provenía tal presencia ausente.
Ordenó una tarde, cada una de las piezas fragmentadas, tendiendo puentes, y fue allí que todo se hizo bosquejo, esquema, figura.
Podría ser que las nubes fuesen su madre, o la soledad pronunciada. Podía ser que hubiese tenido como padre al olvido, y quizás, este la había acunado, y la había herido en el mismo sentido que a él, que a sus brazos,  y al abrazo opaco en esquemas y figuras imborrables.
Quizás ella estuviese allí, con su vestido de colores abstraídos, aún cuando él alimentaba su sed de mundo en placenta tibia. Sin dudas que sí. Ella tenía todo segundo del tiempo como edad, toda omnipresencia, y estaba ahora intrínseca en cada paso de ese joven risueño.
Y ahora ya lo mira sin ojos, acaricia su sien sin tacto, se funde en copas de bares, y en sus mesas pegajosas, y en sus salsas agrias.
Y ahora él la acepta como presencia siempre presente, cuando el, ese yo que exteriorizo, se siente tan roto y sano en proporciones iguales.
Es ahí, cuando el reloj marca las mudas dos de la tarde, pita la última, lo apaga, mientras afuera Montevideo se tiñe gris y húmedo de norte a sur.

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