No vienen de una figura única. Es que repican incesantemente sobre el asfalto. Creando y recreando ecos de cánticos que tienen algo más de indignación que de felicidad. Son varios, codo con codo, y se suman hileras variopintas, y aúnan voces que se entremezclan con su bello repicar.
Allí van. Tatuándose con tinta del que sueña más allá de los límites oníricos los objetivos que persiguen en su firme caminar.
Allí va. Entumecidos por el frío de ese mes de junio, haciéndose tan gigantes que podrían opacar a todo intento boicoteador.
Ellos son las piedras en los zapatos lustrados y caros del señor. Y desde sus pies descalzos nos muestran que aún quedan abrazos tibios allá a dónde van.
Increíbles repicares con sus cánticos, y sus ganas, y sus fuerzas aunadas más allá de los límites oníricos.