La facilidad con la que se dejaba mentir palabra a palabra era inaudita. Reduciendo una y mil veces, en cada beso opaco, la posibilidad de un final indeseable. Y cerró el abanico, y se creyó con todas sus ganas que al menos esta vez nada caminaría en la misma dirección de siempre. Esa dirección que lo trasciende, y que le ahoga las ganas de seguirse pensando.
Sólo bastaron tres, cuatro minutos desde el momento de desprender las manos, para que ella golpeara su puerta. No le quiso abrir, se refugió en su piel inventada para no mostrarle la carne desnuda de su pecho. Pero ella golpeó y golpeó su puerta. La de sus ojos, la de sus oídos y la de su mente. Derribó incesantemente las barreras e irrumpió muda en la habitación. Él la miró, tan cruda, tan sin ropas, tan real.
...
Hoy esquiva el peso de sus ojos, sólo para no afrontarse las culpas de un reduccionismo típico de una sien en llagas. Hoy se lame las heridas sacándose el néctar y las huellas de lo que fue feliz ayer.
La vomitiva realidad ha dictado su juicio y trata de arrancar y tergiversar toda imagen plena del día de ayer.
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