Esa mañana despertó temprano. Luego de abrigarse con un sacón tejido por ella, se dirigió a regañadientes al fogonzito, tomó una caldera pomposa y la hechó al fuego. Doña María rasqueteó en varios tarros puchitos de yerba y aprontó el matesito. Tres galletas del día anterior fue el sólido de esa mañana. Ahora solo espera que la Julia le alcancé un plato al mediodía.
Pues esa es doña María, una más de las tantas. Las arrugas crean surcos profundos en su rostro inexpresivo. Sus manos denotan años de agua fría y pisos por lavar. Distrae su mirar desde el cielo sólo para observar algún matutino transeúnte que se va a trabajar. Ella los ve, suspira y vuelve a cebar.
Cerca de las 9, sigue allí. El gurí de al lado regresa haciendo eses en una nube de nicotina. -Mirá que ese anda en la droga- le repetía la Julia. Para María seguía siendo el mismo botija de hace no tantos años. Ese botija que salía al trote cuando su padre golpeaba ferozmente a su madre. Ese mismo.
Y es que doña María siempre supo mirar más allá del presente.
Allí está ella. Hoy es domingo. Nadie vendrá por la tarde, ni a la noche. Ni nadie al día siguiente.
Ella espera. Mira como corren a pie desnudo pequeños niños por las calles. Detrás de ellos una muchacha camina a pura piel bajo el sol.
Doña María está allí al tibio abrigo de la nada, mirándose más allá de las casitas de chapas. Piensa que es hora de darle la vuelta, se lavó. Suspira, y ceba.