jueves, 21 de noviembre de 2013

Suspira y ceba.

Doña María se encuentra sentada al frente de su modesta y acogedora casa. Ceba un mate y después otro, el sol de la mañana se ha vuelto su fiel compañero. Es que así es doña María, una más.

Esa mañana despertó temprano. Luego de abrigarse con un sacón tejido por ella, se dirigió a regañadientes al fogonzito, tomó una caldera pomposa y la hechó al fuego. Doña María rasqueteó en varios tarros puchitos de yerba y aprontó el matesito. Tres galletas del día anterior fue el sólido de esa mañana. Ahora solo espera que la Julia le alcancé un plato al mediodía. 

Pues esa es doña María, una más de las tantas. Las arrugas crean surcos profundos en su rostro inexpresivo. Sus manos denotan años de agua fría y pisos por lavar. Distrae su mirar desde el cielo sólo para observar algún matutino transeúnte que se va a trabajar. Ella los ve, suspira y vuelve a cebar. 

Cerca de las 9, sigue allí. El gurí de al lado regresa haciendo eses en una nube de nicotina. -Mirá que ese anda en la droga- le repetía la Julia. Para María seguía siendo el mismo botija de hace no tantos años. Ese botija que salía al trote cuando su padre golpeaba ferozmente a su madre. Ese mismo.

Y es que doña María siempre supo mirar más allá del presente. 

Allí está ella. Hoy es domingo. Nadie vendrá por la tarde, ni a la noche. Ni nadie al día siguiente. 
Ella espera. Mira como corren a pie desnudo pequeños niños por las calles. Detrás de ellos una muchacha camina a pura piel bajo el sol.

Doña María está allí al tibio abrigo de la nada, mirándose más allá de las casitas de chapas. Piensa que es hora de darle la vuelta, se lavó. Suspira, y ceba. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El no poder del yo.

No puedo llamarme al silencio rotundo. No puedo.

No puedo tampoco suspirarme el sentir cerquita de tu piel. Es que no puedo hacerte caer la piel muerta con una pizca de insolencia inaudita.

No puedo llamarte a dialogar en otros términos que no sean los que dispones, ni tampoco mirarme ahora sin pensarme agarradito de tus manos.

No puedo contener ni largar la piola que me sujeta a esta encrucijada.

No puedo mantenerme aquí en el no accionar continuo, ni tampoco avanzar a pasos trucos hacia lo incierto.

No puedo no ocupar mi mente en cosas que no llenan, ni tampoco desperdiciarme en copas que no alivian la sed, ni fumarme el humo del mal pasar de los días. Ni calmarme la ansiedad en labios que no tiemblan al contacto.

No puedo mirarme el las ruinas de los sentimientos frustrados, de las imágenes omitidas, de los gritos que hacen nudos en mi lengua.

Ya no estoy pudiendo animarme a nada, ya nada está pudiendo animarse a mí.

Ya no puedo sostener una serie de palabras bien pegadas, o mal, para desenredar el nudo en el que estoy.
La poesía, infame y egoísta, ya no sirve tampoco de tanto. Y las musas se han mudado a la otra alcoba. 

Ya no puedo. Ya no hay nada.