No puedo tampoco suspirarme el sentir cerquita de tu piel. Es que no puedo hacerte caer la piel muerta con una pizca de insolencia inaudita.
No puedo llamarte a dialogar en otros términos que no sean los que dispones, ni tampoco mirarme ahora sin pensarme agarradito de tus manos.
No puedo contener ni largar la piola que me sujeta a esta encrucijada.
No puedo mantenerme aquí en el no accionar continuo, ni tampoco avanzar a pasos trucos hacia lo incierto.
No puedo no ocupar mi mente en cosas que no llenan, ni tampoco desperdiciarme en copas que no alivian la sed, ni fumarme el humo del mal pasar de los días. Ni calmarme la ansiedad en labios que no tiemblan al contacto.
No puedo mirarme el las ruinas de los sentimientos frustrados, de las imágenes omitidas, de los gritos que hacen nudos en mi lengua.
Ya no estoy pudiendo animarme a nada, ya nada está pudiendo animarse a mí.
Ya no puedo sostener una serie de palabras bien pegadas, o mal, para desenredar el nudo en el que estoy.
La poesía, infame y egoísta, ya no sirve tampoco de tanto. Y las musas se han mudado a la otra alcoba.
Ya no puedo. Ya no hay nada.
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