Definitivamente lo supo.
Irremediablemente su mirada se tensó, no había posibilidad alguna de dejarla vagar por la lisa pared.
El reloj marcaba la hora exacta. En la que las manecillas romperían el cristal para clavarse dulcemente en sus inocuos párpados. Atravesarían entonces toda materialidad, en su intento de coexistencia infinita.
Esos ojos no llorarían jamás. Había sabido arrancarse a manos tibias esa posibilidad de la sien.
Era la hora en la que el tiempo de ojos secos se abrazaría a la vieja carne.
Leo se quedó allí, mirándose en proceso de metamorfosis.
Se supo entonces tan irreparable como firme, tan sujeto de manos, besando el piso, lleno de cálido lodo.
Sus ojos vieron pasar entonces la exhibición de turno. Todo fue butaca de terciopelo rojo, pantalla luminosa y sonido estéreo.
Exteriorizó cuanta plegaria, besó cuanta piel posible. Y lo supo, estaba nadando en el fondo de la botella. En esa mezcla de espuma y saliva que nadie quiso jamás beber. Esa que no agota sed alguna. Sintiendo la briza errante, y la imposibilidad de retroceder sobre sus pasos.
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