| Y se te empaña el lente de tus ojos. |
A veces suelo contentarme pensando que puedo reducir
mi mente a un esquema. A un esquema de una habitación, tan iluminada cómo
sombría.
Allí entre despeinados recuerdos y desdentadas
imágenes, se entreteje el flujo mental de años, cómo una especie de tejido
problemático que mantiene a la habitación aferrada a sí misma.
Si pudiese ser una especie de espía de mí mismo, al
entrar allí me abrumaría un aroma tenso, una luz tenue, un calor tan frío como
la niebla. Y es que la habitación es el caos en sí mismo, la realidad
inordenada, dónde sin embargo, y sin saberse muy bien cómo, todo forma una
identidad única. Claro está, que si tocara mi habitación, los vidrios de las
paredes cortarían mis falanges, el peligro que uno representa para sí y cómo
uno puede auto-sabotearse sin darse cuenta.
Sin embargo, encuentro zonas incomprensibles, aquello
que la inconsciencia misma arrastra a luchar contra mi racionalidad. Si
dejásemos de pensar tanto, y si pudiésemos conocernos de una vez por todas, de
forma bruta, sin medios, ya nada importaría.
Y allá estoy yendo, comienzo a poder concentrarme en
ser más fuerte, más autónomo y más libre. Creciendo a la par de mi capacidad de
problematizarlo todo.