domingo, 22 de julio de 2012

Creciendo a la par de mi capacidad de problematizarlo todo.

Y se te empaña el lente de tus ojos.
Allí estaba. Se había dejado caer durante algún tiempo infructuoso, sólo para ensimismarse. Se miró, recorrió a manos frías cada trocito de sí, y se encontró en cada uno de ellos, despojándose de una posible crisis de identidad. 

A veces suelo contentarme pensando que puedo reducir mi mente a un esquema. A un esquema de una habitación, tan iluminada cómo sombría. 
Allí entre despeinados recuerdos y desdentadas imágenes, se entreteje el flujo mental de años, cómo una especie de tejido problemático que mantiene a la habitación aferrada a sí misma. 
Si pudiese ser una especie de espía de mí mismo, al entrar allí me abrumaría un aroma tenso, una luz tenue, un calor tan frío como la niebla. Y es que la habitación es el caos en sí mismo, la realidad inordenada, dónde sin embargo, y sin saberse muy bien cómo, todo forma una identidad única. Claro está, que si tocara mi habitación, los vidrios de las paredes cortarían mis falanges, el peligro que uno representa para sí y cómo uno puede auto-sabotearse sin darse cuenta. 
Sin embargo, encuentro zonas incomprensibles, aquello que la inconsciencia misma arrastra a luchar contra mi racionalidad. Si dejásemos de pensar tanto, y si pudiésemos conocernos de una vez por todas, de forma bruta, sin medios, ya nada importaría. 

Y allá estoy yendo, comienzo a poder concentrarme en ser más fuerte, más autónomo y más libre. Creciendo a la par de mi capacidad de problematizarlo todo.
    

viernes, 6 de julio de 2012

Autojusticiandome.

El está allí, parado a la vera del camino. Corre en el viento, tan invisible. Pero está allí. Los mira con los ojos partidos, con su piel en los huesos, con sus manos intranquilas. Está ahogándose en sí mismo, y cada día le aplasta más el agua de sus ojos. Y rompe el silencio funesto, y se refugia. Y sus techos y sus paredes no son más que lo que el quiere ser, la fortaleza del buen vivir. En el techo rebotan las estrellas, se arremolinan hojas arrancadas din pudor, los árboles desnudos proyectan sombras truncas. Pero el está allí, desde su ser, observa todo. Se ve hoy más que ayer, pero también menos. Y no sabe como hacer para mejorar su balanza que sostiene la ciega mujer. Mujer de cuerpo firme, ciega de tanto sangrar a mares, de tanto que la han manipulado. La hora de romper con todo se acerca. A subir escaleras de escalones inestables, a cada paso siente el peligro mordiéndole los talones, pero lo siente, sabe que saldrá, que la libertad es alcanzada solo cuando el miedo se acalla. Y llega, y rompe ventanas, y en un mar de cristales respira, y el sol lo reconstruirá, y con las hojas que dejan desnudas ramas, y con las estrellas que siguen cayendo, y con todo, y con él. El nuevo él.