domingo, 22 de julio de 2012

Creciendo a la par de mi capacidad de problematizarlo todo.

Y se te empaña el lente de tus ojos.
Allí estaba. Se había dejado caer durante algún tiempo infructuoso, sólo para ensimismarse. Se miró, recorrió a manos frías cada trocito de sí, y se encontró en cada uno de ellos, despojándose de una posible crisis de identidad. 

A veces suelo contentarme pensando que puedo reducir mi mente a un esquema. A un esquema de una habitación, tan iluminada cómo sombría. 
Allí entre despeinados recuerdos y desdentadas imágenes, se entreteje el flujo mental de años, cómo una especie de tejido problemático que mantiene a la habitación aferrada a sí misma. 
Si pudiese ser una especie de espía de mí mismo, al entrar allí me abrumaría un aroma tenso, una luz tenue, un calor tan frío como la niebla. Y es que la habitación es el caos en sí mismo, la realidad inordenada, dónde sin embargo, y sin saberse muy bien cómo, todo forma una identidad única. Claro está, que si tocara mi habitación, los vidrios de las paredes cortarían mis falanges, el peligro que uno representa para sí y cómo uno puede auto-sabotearse sin darse cuenta. 
Sin embargo, encuentro zonas incomprensibles, aquello que la inconsciencia misma arrastra a luchar contra mi racionalidad. Si dejásemos de pensar tanto, y si pudiésemos conocernos de una vez por todas, de forma bruta, sin medios, ya nada importaría. 

Y allá estoy yendo, comienzo a poder concentrarme en ser más fuerte, más autónomo y más libre. Creciendo a la par de mi capacidad de problematizarlo todo.
    

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