viernes, 6 de julio de 2012
Autojusticiandome.
El está allí, parado a la vera del camino. Corre en el viento, tan invisible. Pero está allí. Los mira con los ojos partidos, con su piel en los huesos, con sus manos intranquilas. Está ahogándose en sí mismo, y cada día le aplasta más el agua de sus ojos. Y rompe el silencio funesto, y se refugia. Y sus techos y sus paredes no son más que lo que el quiere ser, la fortaleza del buen vivir. En el techo rebotan las estrellas, se arremolinan hojas arrancadas din pudor, los árboles desnudos proyectan sombras truncas. Pero el está allí, desde su ser, observa todo. Se ve hoy más que ayer, pero también menos. Y no sabe como hacer para mejorar su balanza que sostiene la ciega mujer. Mujer de cuerpo firme, ciega de tanto sangrar a mares, de tanto que la han manipulado. La hora de romper con todo se acerca. A subir escaleras de escalones inestables, a cada paso siente el peligro mordiéndole los talones, pero lo siente, sabe que saldrá, que la libertad es alcanzada solo cuando el miedo se acalla. Y llega, y rompe ventanas, y en un mar de cristales respira, y el sol lo reconstruirá, y con las hojas que dejan desnudas ramas, y con las estrellas que siguen cayendo, y con todo, y con él. El nuevo él.
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