Jugaba a balancearse sobre las barandas del puente. Sentía como los fríos se le colaban entre los poros y congelaban todo deseo de avanzar. Sólido, rígido, inmóvil.
Sus dientes ya no eran suyos, eran el aliado real de la opresión. Ella los llamaba a morder sin asco su propia lengua cada vez que las palabras querían aflorar.
Y él mismo encarnaba en llagas aquello que había adquirido como el deber ser de las cosas. Y ya no quería más. Saltó de las barandas del puente para estrellarse los dientes contra las filosas rocas. Sangró una y mil veces el espeso jugo de sus años. Manchó de su tintero la hoja de su vida, formando un nudo indescifrable.
Y ahora era un ovillo de piel, entumecido, ya sin dientes, pero aún así en silencio. El miedo tenía más aliados en su ser de los que podía contar una tarde de otoño.