Así se le ve, cologando de un péndulo, amacándose ya sin fuerzas, incluido en el menú de las bocas hambrientas.
Es tan difícil verlo sonreír de verdad. Se ha creado una máscara de sonrisas desdentadas, y allí la tiene, agarradita de su piel, como escudo de las preguntas que no ha de contestar hoy.
El peso de los segundos en silencio le han carcomido lo más recóndito de su ser. Y ahora vaga bajo soles ponientes, que en su intento de abrigarlo le acarrean imágenes de horror.
Y tú no lo ves. Es que con tú dolor en manos se hace imposible ver el suyo. Pero el suyo está allí, chorreando por sus brazos. Cae de gota en gota llenando la copa. Copa que algún día derramará su ácida esencia abriendo el portal. Y por el se sumergirá en el no existir constante. Por él ingresará en el silencio hiriente de sus miedos atragantados.
Allí está él, fingiéndose las pupilas llenas de esperanza, cuando en realidad él sabe, desde siempre, que la valentía nunca lo vendrá a buscar.
jueves, 26 de septiembre de 2013
lunes, 9 de septiembre de 2013
Qué bañen sus mejillas.
Mauro siempre fue tan increíble, tan rígido, tan sólido, tan de pies bien sujetos a la tierra. Mauro siempre fue.
La coraza de su piel es hermosamente tibia, paranoicamente en movimiento. Tras ella, en aquellos lugares dónde la percepción humana no puede acceder por sus propios medios, Mauro añeja un cúmulo de nudos bien sujetos. Allí los nudos se entrelazan sangrando lo peor de su pasado hacia la copa del presente. Allí las imágenes, que podrían hacer estremecer a la rudeza de la gran urbe, pelean por subir a la superficie, viajando en toneladas dentro de sus conductos rojos.
Pero Mauro siempre fue tan increíble. Mauro siempre fue tan sólido, tan entero, tan de lágrimas sujetas a sus ojos sin riesgo alguno de caer.
Y allí va Mauro, se levanta de su cama, y se mira en el espejo del tiempo de hoy. Y allí se ve, tan tranquilo, apaciguado, sintiendo como por dentro el dolor le mordisquea las arterias.
Mauro está en la oscuridad, sufriéndose la vida, callado, sintiendo toneladas de sustancias amargas por su cuerpo joven. Aún así no llora, aún así finge una sonrisa, una tétrica mueca típica de payaso macabro, evitando de este modo el derrumbe fatídico.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Vertebrado.
-¿Y ahora qué hacer?- He aquí la vértebra opaca donde siempre encontraron frescos huecos sus hilos mentales.
Es que hoy se piensa con la simplicidad de una misma plataforma de base. Y es en ella dónde vertieron la tierra infértil de su crecer. Allí ha ahondado sus raíces, allí se vio regado por las lluvias de los tiempos, y allí desarrolló la culpa de no poder tener más que tres pares de hojas sanas.
Sobre su tallo crecen impunes parásitos destructivos, y él, que siempre supo coartarse las ganas, los alimenta con dulzura. Y ríe, y ríe, llorándose la savia extrañamente roja.
¿Por qué siempre supo alimentarse desproporcinalmente? Es que la raíz de las culpas siempre cavó más profunda, y no hubo piso duro que no pudiese atravesar.
Allí, cuan planta anhelando crecer, saborea entre besos nuevos el jugo ácido de la culpa organizada.
Es que hoy se piensa con la simplicidad de una misma plataforma de base. Y es en ella dónde vertieron la tierra infértil de su crecer. Allí ha ahondado sus raíces, allí se vio regado por las lluvias de los tiempos, y allí desarrolló la culpa de no poder tener más que tres pares de hojas sanas.
Sobre su tallo crecen impunes parásitos destructivos, y él, que siempre supo coartarse las ganas, los alimenta con dulzura. Y ríe, y ríe, llorándose la savia extrañamente roja.
¿Por qué siempre supo alimentarse desproporcinalmente? Es que la raíz de las culpas siempre cavó más profunda, y no hubo piso duro que no pudiese atravesar.
Allí, cuan planta anhelando crecer, saborea entre besos nuevos el jugo ácido de la culpa organizada.
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