lunes, 9 de septiembre de 2013

Qué bañen sus mejillas.


Mauro siempre fue tan increíble, tan rígido, tan sólido, tan de pies bien sujetos a la tierra. Mauro siempre fue.

La coraza de su piel es hermosamente tibia, paranoicamente en movimiento. Tras ella, en aquellos lugares dónde la percepción humana no puede acceder por sus propios medios, Mauro añeja un cúmulo de nudos bien sujetos. Allí los nudos se entrelazan sangrando lo peor de su pasado hacia la copa del presente. Allí las imágenes, que podrían hacer estremecer a la rudeza de la gran urbe, pelean por subir a la superficie, viajando en toneladas dentro de sus conductos rojos.

Pero Mauro siempre fue tan increíble. Mauro siempre fue tan sólido, tan entero, tan de lágrimas sujetas a sus ojos sin riesgo alguno de caer.

Y allí va Mauro, se levanta de su cama, y se mira en el espejo del tiempo de hoy. Y allí se ve, tan tranquilo, apaciguado, sintiendo como por dentro el dolor le mordisquea las arterias.

Mauro está en la oscuridad, sufriéndose la vida, callado, sintiendo toneladas de sustancias amargas por su cuerpo joven. Aún así no llora, aún así finge una sonrisa, una tétrica mueca típica de payaso macabro, evitando de este modo el derrumbe fatídico.

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