Condenados, desde el cordón umbilical, desde la más mínima y maravillosa célula. Condenados.
Así se desarrolla la semilla que pronto es tallo de hondas raíces, la célula que pronto es tejido. Las letras hechas a pulso nervioso, con destellante cuchillo, que crean indescifrables mensajes en su piel.
¿No es de hecho la más aberrante injusticia?
Caminan sobre los tejados, con la piel expuesta, el silencio los espía y se estremecen. Se miran y se reconocen los unos a los otros, las unas a las otras. Se les fijan en la retina ahora sombras de dolor, han desarrollado una percepción aguda, tergiversada por la opresión invisible.
Se ven obligados desde la turbia pubertad a tentar los hilos del destino. A cargar de peso el globo poniendo en peligro su vuelo. Han de sentirse tentados a quemar las naves, a romper con todo, a cortar los hilos con botella rota contra el cordón.
Y ahora allí están, hombre y mujeres de pieles rotas, de ojos duros que no lloran. Allí están en el paredón. Les han tatuado como herencia una culpa no suya, un odio corrosivo.
Son ellos mismos quienes se fusilarán con las balas de la verdad. Quienes romperán con violencia sorda los hilos, quienes soportarán el golpe.
Y la bala llega, se hunde en su vientre. Esa chica es maravillosa, una mujer de cenos pequeños y honda vagina. Suspira. No llora, es maravillosa.
La bala se hunde y cava en su interior sin reparo. Siente como la mentira se le escapa con la sangre. Como cae la máscara y sonríe. Sonríe.
Ella se llama Verdad ahora, y se reconoce íntegra y completa. Sonríe.
lunes, 17 de febrero de 2014
domingo, 2 de febrero de 2014
Ni ahí, NI AHÍ.
Su nombre era, va no importa del todo su nombre. Una seguidilla de letras pegadas por alguna razón no podría definirlo, ni contenerlo, ni hacerlo más ameno ante los ojos duros del espejo.
Había crecido en una casa humilde, ese eufemismo que usa la gente para no decir pobre, como si así se hiciese menos cruda la realidad que le tocó. Una casa humilde de los sin nombres allá por los 90. Se le hacía difícil de vez en cuando mirarse las raíces, él sabía que de sus zapatillas salían pequeñas extensiones invisibles que traspasaban toda superficie y lo ataban a la tierra. Él lo sabía, sabía que la lluvia lo regaba, que no había lágrimas en vano si alimentaban la sed de algún árbol solitario.
No recordaba cuando se supo por primera vez alguna verdad inescondible. Quizá fue cuando enfurecía por llegar tarde a la escuela, con su moña impecable y su túnica de azul almidonado. Quizá cuando algún compañero, en la crueldad que solo un niño puede encarnar, se río de sus botas. Y es que los niños no son en esencia crueles, sino más bien sinceros, no han incorporado la noción de lo que está bien decir ó no, y es eso quizá lo que más extrañaba de ser uno. La hipocresía no hacía uso de su lengua en esos tiempos.
Recordaba alguna que otra cosa del pasado, como cuando comenzó a vomitar versos en una agenda del 2008, nunca entendió por qué. Había desarrollado un gusto por la literatura, por leerla y hacerla propia, en una casa donde sólo había media docena de libros viejos, llenos de polvo. Quizá, porque todo es motivo. Aquella vez que su hermana no llevó merienda al jardín, o alguna vez que se inundó la casa, o que le cortaron la luz y se colgaron de un cable, o quién sabe qué.
Le era tan confuso tratar de decirse algo de sí mismo, se había negado durante tanto tiempo, le era más fácil anestesiarse de quehaceres y seguir. Es por eso quizá que hoy escribía estas líneas, era hora de empezar a hablarse de sí, sin eufemismos. Los tiempos habían cambiado, ya nada era tan maravilloso y cruel, ya nada llenaba el alma con novedad violenta. Ya nada.
Había crecido en una casa humilde, ese eufemismo que usa la gente para no decir pobre, como si así se hiciese menos cruda la realidad que le tocó. Una casa humilde de los sin nombres allá por los 90. Se le hacía difícil de vez en cuando mirarse las raíces, él sabía que de sus zapatillas salían pequeñas extensiones invisibles que traspasaban toda superficie y lo ataban a la tierra. Él lo sabía, sabía que la lluvia lo regaba, que no había lágrimas en vano si alimentaban la sed de algún árbol solitario.
No recordaba cuando se supo por primera vez alguna verdad inescondible. Quizá fue cuando enfurecía por llegar tarde a la escuela, con su moña impecable y su túnica de azul almidonado. Quizá cuando algún compañero, en la crueldad que solo un niño puede encarnar, se río de sus botas. Y es que los niños no son en esencia crueles, sino más bien sinceros, no han incorporado la noción de lo que está bien decir ó no, y es eso quizá lo que más extrañaba de ser uno. La hipocresía no hacía uso de su lengua en esos tiempos.
Recordaba alguna que otra cosa del pasado, como cuando comenzó a vomitar versos en una agenda del 2008, nunca entendió por qué. Había desarrollado un gusto por la literatura, por leerla y hacerla propia, en una casa donde sólo había media docena de libros viejos, llenos de polvo. Quizá, porque todo es motivo. Aquella vez que su hermana no llevó merienda al jardín, o alguna vez que se inundó la casa, o que le cortaron la luz y se colgaron de un cable, o quién sabe qué.
Le era tan confuso tratar de decirse algo de sí mismo, se había negado durante tanto tiempo, le era más fácil anestesiarse de quehaceres y seguir. Es por eso quizá que hoy escribía estas líneas, era hora de empezar a hablarse de sí, sin eufemismos. Los tiempos habían cambiado, ya nada era tan maravilloso y cruel, ya nada llenaba el alma con novedad violenta. Ya nada.
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