lunes, 17 de febrero de 2014

Inminente.

Condenados, desde el cordón umbilical, desde la más mínima y maravillosa célula. Condenados.
Así se desarrolla la semilla que pronto es tallo de hondas raíces, la célula que pronto es tejido. Las letras hechas a pulso nervioso, con destellante cuchillo, que crean indescifrables mensajes en su piel.
¿No es de hecho la más aberrante injusticia?
Caminan sobre los tejados, con la piel expuesta, el silencio los espía y se estremecen. Se miran y se reconocen los unos a los otros, las unas a las otras. Se les fijan en la retina ahora sombras de dolor, han desarrollado una percepción aguda, tergiversada por la opresión invisible.
Se ven obligados desde la turbia pubertad a tentar los hilos del destino. A cargar de peso el globo poniendo en peligro su vuelo. Han de sentirse tentados a quemar las naves, a romper con todo, a cortar los hilos con botella rota contra el cordón.
Y ahora allí están, hombre y mujeres de pieles rotas, de ojos duros que no lloran. Allí están en el paredón. Les han tatuado como herencia una culpa no suya, un odio corrosivo.
Son ellos mismos quienes se fusilarán con las balas de la verdad. Quienes romperán con violencia sorda los hilos, quienes soportarán el golpe.
Y la bala llega, se hunde en su vientre. Esa chica es maravillosa, una mujer de cenos pequeños y honda vagina. Suspira. No llora, es maravillosa.
La bala se hunde y cava en su interior sin reparo. Siente como la mentira se le escapa con la sangre. Como cae la máscara y sonríe. Sonríe.

Ella se llama Verdad ahora, y se reconoce íntegra y completa. Sonríe.

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