domingo, 2 de febrero de 2014

Ni ahí, NI AHÍ.

Su nombre era, va no importa del todo su nombre. Una seguidilla de letras pegadas por alguna razón no podría definirlo, ni contenerlo, ni hacerlo más ameno ante los ojos duros del espejo.
Había crecido en una casa humilde, ese eufemismo que usa la gente para no decir pobre, como si así se hiciese menos cruda la realidad que le tocó. Una casa humilde de los sin nombres allá por los 90. Se le hacía difícil de vez en cuando mirarse las raíces, él sabía que de sus zapatillas salían pequeñas extensiones invisibles que traspasaban toda superficie y lo ataban a la tierra. Él lo sabía, sabía que la lluvia lo regaba, que no había lágrimas en vano si alimentaban la sed de algún árbol solitario.
No recordaba cuando se supo por primera vez alguna verdad inescondible. Quizá fue cuando enfurecía por llegar tarde a la escuela, con su moña impecable y su túnica de azul almidonado. Quizá cuando algún compañero, en la crueldad que solo un niño puede encarnar, se río de sus botas. Y es que los niños no son en esencia crueles, sino más bien sinceros, no han incorporado la noción de lo que está bien decir ó no, y es eso quizá lo que más extrañaba de ser uno. La hipocresía no hacía uso de su lengua en esos tiempos.
Recordaba alguna que otra cosa del pasado, como cuando comenzó a vomitar versos en una agenda del 2008, nunca entendió por qué. Había desarrollado un gusto por la literatura, por leerla y hacerla propia, en una casa donde sólo había media docena de libros viejos, llenos de polvo. Quizá, porque todo es motivo. Aquella vez que su hermana no llevó merienda al jardín, o alguna vez que se inundó la casa, o que le cortaron la luz y se colgaron de un cable, o quién sabe qué.
Le era tan confuso tratar de decirse algo de sí mismo, se había negado durante tanto tiempo, le era más fácil anestesiarse de quehaceres y seguir. Es por eso quizá que hoy escribía estas líneas, era hora de empezar a hablarse de sí, sin eufemismos. Los tiempos habían cambiado, ya nada era tan maravilloso y cruel, ya nada llenaba el alma con novedad violenta. Ya nada.

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