sábado, 19 de abril de 2014

De lunes y soledades.

Nada más hermoso que sus pupilas desencajadas ante tanta desproporción. Dedicándose a echarse luces sobre el cuerpo desnudo, generando sombras abarcativas y profundas para tan poca cosa.
¿Es que acaso en tanto libro mal leído alguien se lo había explicado? ¿Cómo controlaría ahora al eterno mal de sus males? A sí mismo, a sus dientes sucios y afilados, a sus ojos crudos, a su eterna adicción a romper toda imagen de felicidad.
Padecer una de esas enfermedades que se fortalecen con el tiempo no es cosa de débiles. Y en los tiempos que corrían, esos de gotas frías e hirientes, no había piedad tan grande, mano tan tibia,  ni resacas de abrazos tan reales y puros.
Es que el reino del caótico anochecer constante no es para niños que juegan a ser algo más. No basta hoy con ponerse en cuclillas para mirarse en otros espejos. No basta con incrustar dedos en tímpanos donde ya nada suena bien.
¿No era acaso evidente este final de lunes y soledades? Son ruedas de historias circulares. Raspando superficies sin dejar rastros. Evitando toda reconstrucción posible del recorrido, impidiendo armarse de precauciones para no volver a caer en las mismas bocas hambrientas.
Ahora sólo basta echarse en el suelo. Abrigarse de cartones corroídos aguardando la más cruda de las metamorfosis.

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