jueves, 18 de diciembre de 2014

Diciembre en tertulias.

Es entonces un Cliche decir que todo es un cliche- Me dijo.

La luz le acariciaba ansiosamente el costado izquierdo. Se había convertido, sin premeditaciones, en una exteriorización de sus tertulias con la luna. En esas dónde se mostraba el alma en luces y sombras.

Parpadeó.

Tomé en mis manos el coraje y hablé. Le conté de los cliches eufemísticos lanzados como escupitajos desde la ventanilla de un auto.

No contestó, fue su perplejidad, esa que se hace hermoso gesto de ceño fruncido la que me abrió las puertas para proceder.

Le conté entonces de un hombre solitario que había perdido todo ser y todo afecto. "Uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde" recitaba aquel rostro de arrugas pronunciadas. Era más fácil sin dudas que explicar toda profundidad de aquel anciano sentir. Era más fácil que admitir que nadie convive con la idea de la muerte hasta que es un hecho consumado. Hasta ese momento donde la dama del vestido negro entra en toda habitación y llena todo aire, aficionando cualquier risa que amenace emerger. Continué por bosquejar que nadie admite cuanto amor siente en el momento preciso, salvo por, esos convencional-izados "te amo". Esos que son en efecto otro de los cliches que camuflan toda profundidad.

Creo que fue ahí cuando lo entendió, sus ojos se hacían lágrimas en su rojo parpadeo.
Quizás se asomó por un costado de mi sien abierta y vio a aquel hombre, sentado en la puerta de su casa mateando de sol a sol. Y vio entonces en sus gestos otra de las superficies llanas y mudas. Quizás ahí comprendió que en sus cliches, sus escupitajos, y sus arrugados sentimientos se escondía algo más hermosamente crudo, como un niño que sonríe, pero a medias. O quizás, no entendió nada de lo expuesto, o más bien todo lo contrario.

Nunca lo sabré, ahora mujer de ojos rojos en sombras y luces, te extraño. "Todo tiempo pasado fue mejor" guardaré ese cliche en mi canguro, y sin más emprenderé la marcha.

martes, 9 de diciembre de 2014

Rencuentros

Quizá se había asomado por las esquinas sombrías.
Casi imperceptible, como vieja depredadora de sueños.
Él, que sabía de cortinas de gotas golpeando la piel, la recibió a brazos tendidos, fundiéndose así en su opaco abrazo.
Siempre se había cuestionado de dónde provenía tal presencia ausente.
Ordenó una tarde, cada una de las piezas fragmentadas, tendiendo puentes, y fue allí que todo se hizo bosquejo, esquema, figura.
Podría ser que las nubes fuesen su madre, o la soledad pronunciada. Podía ser que hubiese tenido como padre al olvido, y quizás, este la había acunado, y la había herido en el mismo sentido que a él, que a sus brazos,  y al abrazo opaco en esquemas y figuras imborrables.
Quizás ella estuviese allí, con su vestido de colores abstraídos, aún cuando él alimentaba su sed de mundo en placenta tibia. Sin dudas que sí. Ella tenía todo segundo del tiempo como edad, toda omnipresencia, y estaba ahora intrínseca en cada paso de ese joven risueño.
Y ahora ya lo mira sin ojos, acaricia su sien sin tacto, se funde en copas de bares, y en sus mesas pegajosas, y en sus salsas agrias.
Y ahora él la acepta como presencia siempre presente, cuando el, ese yo que exteriorizo, se siente tan roto y sano en proporciones iguales.
Es ahí, cuando el reloj marca las mudas dos de la tarde, pita la última, lo apaga, mientras afuera Montevideo se tiñe gris y húmedo de norte a sur.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Yo.

Él se relame sabores añejos a esas horas de la historia.
Él se agradece y congratula de su falta de frialdad en el análisis.
Se sabe entonces, la parte necesaria, del sentimiento puro.
Se maravilla ante el hambre bien recordada.
Salvada de los olvidos pronunciados de la sociedad amnésica.
Entonces todos esos libros nunca leídos son el menor de los errores.
Porque es de ella que deviene esa fuerza incontrolable. De esas niñas tripas sonando y resonando.
Él se alborota y no dice amén alguno. Y se ama en esos otros uniformes e indiferenciados.
Enarbola la bandera roída, esa que en sus horas más ciertas no tiene tinte de obsoleta.
Él no legitima las botas de pesos pesados.
Mirándose en los muros de contención, arrancándose de la sien toda posibilidad de obediencia terrible.
Y sabe ahora, quizá más que nunca, de esos traidores que se mitifican y maquillan en los espejos.
Y sabe entonces de ese paredón al que asiste obligatoriamente, mientras las balas de letras y sílabas lo auchillan en un puñado de adjetivos categóricos.
Y sabe ahora de esa dignidad tan suya. La que no renuncia y no desiste de ese empecinado camino.

martes, 23 de septiembre de 2014

Leo.

Definitivamente lo supo.
Irremediablemente su mirada se tensó, no había posibilidad alguna de dejarla vagar por la lisa pared.
El reloj marcaba la hora exacta. En la que las manecillas romperían el cristal para clavarse dulcemente en sus inocuos párpados. Atravesarían entonces toda materialidad, en su intento de coexistencia infinita.
Esos ojos no llorarían jamás. Había sabido arrancarse a manos tibias esa posibilidad de la sien.
Era la hora en la que el tiempo de ojos secos se abrazaría a la  vieja carne.
Leo se quedó allí, mirándose en proceso de metamorfosis.
Se supo entonces tan irreparable como firme, tan sujeto de manos, besando el piso, lleno de cálido lodo.
Sus ojos vieron pasar entonces la exhibición de turno. Todo fue butaca de terciopelo rojo, pantalla luminosa y sonido estéreo.
Exteriorizó cuanta plegaria,  besó cuanta piel posible. Y lo supo, estaba nadando en el fondo de la botella. En esa mezcla de espuma y saliva que nadie quiso jamás beber. Esa que no agota sed alguna. Sintiendo la briza errante, y la imposibilidad de retroceder sobre sus pasos.

domingo, 27 de julio de 2014

Julio.

Amanece.
Calma y sólo calma.
Ese frío es algo más que invierno. 
Algo más que soledades y silencios pronunciados.
Algo menos que desabastecimiento del alma.
Amanece, ¡míralo!
Es que las auroras saben detener el tiempo
Es ahí dónde se levanta
Descalzo, entumecido.
Sale al patio y lo siente
Ese frío es ahora piel de poros marcados
Cicatrices visibles
Sonrisa de dientes rotos
Amanece.
Pero no es cierto, claro.
Nada se detiene
Y ahora le hace el amor a cada segundo por vivir
Se proyecta en ramas de más ramas y hojas
Creciendo
Amanece
Entero,
vertebrado,
en gritos y caricias secas.
Amanece
Y no era cierto, claro. 
Está allí casi asible la mentira del miedo
Ella no lo vertebra ahora
No es ya, nunca, su anclaje mejor
Y no será su tierra fértil.
In-fértil.
Claro que no.
Amanece, respira.
Abre esas fosas nasales
Puro,
invierno puro.
Frío, hojas que abandonaron el árbol.
Y ese hombre que llora felizmente, 
se ha arrancado a manos tibias de la placenta.
Y ahora sí, era cierto, claro.