Las hojas están tan secas cómo las bocas de los amantes que se arrancan a mordiscos la piel. Tratando que en dos o tres bocanadas puedan calmar la sed añejada en sus rincones.
Están tan feas, están tan agrias, están tan irreales. Las hojas, las hojas, hojas.
Y allí, contra en sol poniente, logro divisar una hoja verde. Se mese fresca e increíble delante de mis ojos enardecidos.
¿Cómo puede la majestuosidad del buen vivir aflorar del más trunco de los árboles?.
La miro, y me siento recorrer su sabia. Mi sed se ha calmado. Y ya no quiero perseguir las ramas mirando al cielo. Y ya no quiero correr detrás de el sueño de felicidad de Don nadie. Y ya no quiero pudrirme el la rama, y en el tronco, y agarradito a la tierra in.fértil. Y allá voy subiendo por las sabias del buen vivir. Y allá voy, rascando entre la mugre para hallar la clave.