lunes, 29 de octubre de 2012

¿Cómo puede la majestuosidad del buen vivir aflorar del más trunco de los árboles?.

El árbol se alimenta de los desechos arrancados a la fuerza. Ya desde sus raíces, se le extiende la peste lastimosa subiendo por su tronco. Las ramas surgen macabras y destartaladas, apuntando a un cielo inalcanzable. Ese sueño de felicidad detrás de la que todas ellas corren. Ese que no es el suyo, ni el de nadie.

Las hojas están tan secas cómo las bocas de los amantes que se arrancan a mordiscos la piel. Tratando que en dos o tres bocanadas puedan calmar la sed añejada en sus rincones.

Están tan feas, están tan agrias, están tan irreales. Las hojas, las hojas, hojas. 

Y allí, contra en sol poniente, logro divisar una hoja verde. Se mese fresca e increíble delante de mis ojos enardecidos. 

         ¿Cómo puede la majestuosidad del buen vivir aflorar del más trunco de los árboles?.

La miro, y me siento recorrer su sabia. Mi sed se ha calmado. Y ya no quiero perseguir las ramas mirando al cielo. Y ya no quiero correr detrás de el sueño de felicidad de Don nadie. Y ya no quiero pudrirme el la rama, y en el tronco, y agarradito a la tierra in.fértil. Y allá voy subiendo por las sabias del buen vivir. Y allá voy, rascando entre la mugre para hallar la clave. 

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