Enajenado. Mirando, mirándose. Conmovido ante una serie de objetos que no deberían de estar allí. O quizás es el, y sus huesos, y sus pieles ocasionales, los que no deberían. Y no deben.
El se zambulle. En una piscina de hielos cortantes. Ellas se paralizan, y ya no le hierbe la mente a punto de resquebrajarse. Y así entiende, y así se mira a él y a su él de antes. Y lo acepta. Acepta cada una de las partes que se rompen en pedazos, y acepta la crisis de certezas que lo apabulla. Y comprende que es lo mejor.
Uno, dos, tres segundos añejados se consumen. Hierve la sangre y se despoja de todo. Y deambula dejando trocitos de piel en la alcoba.
Pita. Una y mil veces pita. En cada bocanada de humo se escapan los por qués de todo. No entiende nada, no quiere entender nada. Se deja llevar por los hilos de la crisis. Cayendo, cayendo, cayendo. Reventados los huesos que se dan contra el piso, aruñada la piel, y aún así no llora. Ha perdido la capacidad de llorar.
Uno, dos, tres, y diez años atrás. Las lágrimas bañaban la almohada cada que ves que sus héroes combatían más allá de sus posibilidades de contenerlos.
Allí, entre las sábanas derroídas, las traperas de abuelas, y el crujir de un estómago hambriento lo imaginaba. Imaginaba que todo se resquebrajaba, que las partes se partían, y que todo mejoraba.
Pero hoy no entiende como las partes se partieron y el no se ríe. Tampoco llora. Ha perdido a lo largo de los años la capacidad de exteriorizarlo todo. Y comienza a perder la capacidad de interiorizarlo. Explotará dejando una serie de residuos en el suelo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario