miércoles, 13 de noviembre de 2013

El no poder del yo.

No puedo llamarme al silencio rotundo. No puedo.

No puedo tampoco suspirarme el sentir cerquita de tu piel. Es que no puedo hacerte caer la piel muerta con una pizca de insolencia inaudita.

No puedo llamarte a dialogar en otros términos que no sean los que dispones, ni tampoco mirarme ahora sin pensarme agarradito de tus manos.

No puedo contener ni largar la piola que me sujeta a esta encrucijada.

No puedo mantenerme aquí en el no accionar continuo, ni tampoco avanzar a pasos trucos hacia lo incierto.

No puedo no ocupar mi mente en cosas que no llenan, ni tampoco desperdiciarme en copas que no alivian la sed, ni fumarme el humo del mal pasar de los días. Ni calmarme la ansiedad en labios que no tiemblan al contacto.

No puedo mirarme el las ruinas de los sentimientos frustrados, de las imágenes omitidas, de los gritos que hacen nudos en mi lengua.

Ya no estoy pudiendo animarme a nada, ya nada está pudiendo animarse a mí.

Ya no puedo sostener una serie de palabras bien pegadas, o mal, para desenredar el nudo en el que estoy.
La poesía, infame y egoísta, ya no sirve tampoco de tanto. Y las musas se han mudado a la otra alcoba. 

Ya no puedo. Ya no hay nada.


lunes, 28 de octubre de 2013

Esos extraños lenguajes.

¿Cómo llamarte al diálogo sin palabras? Es que nada está tan rígido como para poder delimitarnos del todo. Tú vas. Tú vas allí dónde te llaman a gritarte las dos o tres convicciones que pueden quedarte hoy.

Te miro desde un rincón que no sé cual es, y que poco me importa. Es que la mierda más pura ha de arrastrarme una vez más hacia el precipicio. Y es que caeré seguramente y tú seguirás gritándote. Pero ahora solo una básica convicción forzosamente heredada.

Quiero invitarte hoy a que me hables sin palabras. Quiero abrirme la sien y que puedas incrustar tus dedos cálidos. Y así ordenándome los hilos, darme cuenta de dónde estoy hoy.

Es que tus pieles son poco cambiantes. Pero las mías mudan a velocidades insaciables cada vez que te pronuncias. ¿Por qué tenía que romperme las rodillas en la línea que nos dividirá cada vez más?

Estoy tratando de escribirme palabras en los dedos. Pero ya no queda tinta posible, y ya no puedo pensarme fuera de la enfermedad de turno. Ya no puedo separarme de la frustración de esta máquina del sin.sentido. Ya no puedo.
Se caen los muros mal pegados de hojas secas. Sangran las heridas de antaño, y ya nada importa.

Sólo quiero que me hables sin palabras. Ven, hablame. Arrancame la piel del hoy, mirame el llagas y riéndonos olvidaremos que estamos hechos para reproducir la vomitiva realidad que nos tocó.

VEn.

jueves, 26 de septiembre de 2013

De sombras y sombras.

Así se le ve, cologando de un péndulo, amacándose ya sin fuerzas, incluido en el menú de las bocas hambrientas.

Es tan difícil verlo sonreír de verdad. Se ha creado una máscara de sonrisas desdentadas, y allí la tiene, agarradita de su piel, como escudo de las preguntas que no ha de contestar hoy.

El peso de los segundos en silencio le han carcomido lo más recóndito de su ser. Y ahora vaga bajo soles ponientes, que en su intento de abrigarlo le acarrean imágenes de horror.

Y tú no lo ves. Es que con tú dolor en manos se hace imposible ver el suyo. Pero el suyo está allí, chorreando por sus brazos. Cae de gota en gota llenando la copa. Copa que algún día derramará su ácida esencia abriendo el portal. Y por el se sumergirá en el no existir constante. Por él ingresará en el silencio hiriente de sus miedos atragantados.

Allí está él, fingiéndose las pupilas llenas de esperanza, cuando en realidad él sabe, desde siempre, que la valentía nunca lo vendrá a buscar.



lunes, 9 de septiembre de 2013

Qué bañen sus mejillas.


Mauro siempre fue tan increíble, tan rígido, tan sólido, tan de pies bien sujetos a la tierra. Mauro siempre fue.

La coraza de su piel es hermosamente tibia, paranoicamente en movimiento. Tras ella, en aquellos lugares dónde la percepción humana no puede acceder por sus propios medios, Mauro añeja un cúmulo de nudos bien sujetos. Allí los nudos se entrelazan sangrando lo peor de su pasado hacia la copa del presente. Allí las imágenes, que podrían hacer estremecer a la rudeza de la gran urbe, pelean por subir a la superficie, viajando en toneladas dentro de sus conductos rojos.

Pero Mauro siempre fue tan increíble. Mauro siempre fue tan sólido, tan entero, tan de lágrimas sujetas a sus ojos sin riesgo alguno de caer.

Y allí va Mauro, se levanta de su cama, y se mira en el espejo del tiempo de hoy. Y allí se ve, tan tranquilo, apaciguado, sintiendo como por dentro el dolor le mordisquea las arterias.

Mauro está en la oscuridad, sufriéndose la vida, callado, sintiendo toneladas de sustancias amargas por su cuerpo joven. Aún así no llora, aún así finge una sonrisa, una tétrica mueca típica de payaso macabro, evitando de este modo el derrumbe fatídico.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Vertebrado.

-¿Y ahora qué hacer?- He aquí la vértebra opaca donde siempre encontraron frescos huecos sus hilos mentales.

Es que hoy se piensa con la simplicidad de una misma plataforma de base. Y es en ella dónde vertieron la tierra infértil de su crecer. Allí ha ahondado sus raíces, allí se vio regado por las lluvias de los tiempos, y allí desarrolló la culpa de no poder tener más que tres pares de hojas sanas.

Sobre su tallo crecen impunes parásitos destructivos, y él, que siempre supo coartarse las ganas, los alimenta con dulzura. Y ríe, y ríe, llorándose la savia extrañamente roja.

¿Por qué siempre supo alimentarse desproporcinalmente? Es que la raíz de las culpas siempre cavó más profunda, y no hubo piso duro que no pudiese atravesar.


Allí, cuan planta anhelando crecer, saborea entre besos nuevos el jugo ácido de la culpa organizada.