Piolines, piolines invisibles manejando frías marionetas. Dura madera con una voz no propia, la voz del ventrílocuo. Movimientos sin gracia, y risas ajenas. A veces, fui la marioneta, a veces perdí la voz, de tanto gritar y ser solo murmullo en tus fríos oídos.
Mis ojos duros pintados con témperas en mi cara, eran el reflejo del ser y a la vez no ser yo mismo. Esa mueca sonriente, inflexible al dolor y las mareas altas, siempre sonriente, siempre hipócrita. Y los días pasan, y la voz ajena te retumba en la cabeza, y ahora quieres darle emoción a tu madera vital, y no puedes sin antes cortar los piolines.
Tú, que nunca fuiste tú, madera sin sentido y sin voz, yo que nunca fui yo, solo fui palabras en tus mojados labios.
La revolución llega, algo se mueve tras la pintada cara, algo se arremolina y corre por los hilos que unen pies y manos, un dedo cobra vida propia, cobra tu propia vida. Comienzas a sentir y a pensar por vos mismo, y la marioneta que eras, y el vuelo que eres.
Tomas aire y te sientes vivo por primera vez, tu consciencia te desnuda sobre la escarcha, cuánto tiempo perdido. Trepas, trepas y caes, la lluvia comienza a caer sobre tu nuevo cuerpo, la pintura de tu rostro es arrastrada río abajo, y tus lágrimas afloran de tus nuevos ojos, los de siempre, los de siempre tras el manto de la farsa.
Los piolines se rompen, milagroso momento de risa e independencia. Te das contra el piso, y te duele, la alegría de que te duelan tus propias penas. Ahora has empezado a andar, solo y sin más cadenas. Ahora el ventrílocuo eres tú, y la marioneta, convertida en actor eres tú también.
Cuántas marionetas en las calles, y que pocos actores de sus propios guiones, cuánta madera fría y sonrisas pintadas, y qué pocas pieles bañadas por el mismo sol.
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