No sé qué sentido tiene el mero hecho de arrancar a las hormigas de su
camino hacia quién sabe dónde.
Una patita va dando paso a la siguiente, mientras cargan sobre su fortaleza
un peso que pocos seres podrían soportar. Llevan con ellas los rastros de la
supervivencia más inalienable. Y qué bien. La miro con los ojos llenos de
fango. Conteniendo a dientes apretados las más sanas de las lágrimas del hoy.
Ya no podré contener a las nubes oscuras de mis pupilas.
Miro mi jardín carcomido por las dudas, por las culpas mal alimentadas, por
los miedos de no ser, siendo algo a la vez. Quizá falte demasiado para que
crezca la enredadera que de algún modo inexplicable ate cabos, y le confiera un
sentido a toda la chatarra de mis manos.
Ya no voy pudiendo zafar de mi mismo. Y cada día me revienta más la ampolla
de la ausencia de. Va sangrando, he de perderme en mis heridas. Podría pasar
unos cuantos inviernos allí. De hecho nunca supe ponerme bien la escalera para
poder subir.
¿No es que de hecho es el espejo el que me arranca de esas ganas de? ¡BAsta
de devolverme la imagen trunca!
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