Y es que quizá no todos encajemos con el resto de las piezas del cuadro mal armado. Nunca he logrado contornearme de un modo tal, que mis manos puedan entrelazarse con las tuyas, ni me incita en mínimo interés.
A veces suelo mirar.me en el fango de mis manos. Y solo veo más y más fango. Y es que esta tierra infértil a cuenta gotas va cortando las ataduras a ella. He de caer.
¿Por qué la piel no es suficiente para asfixiar mis pensamientos?
¿Qué tiene de mal mi boca que sangra la sed por la alfombra?
¿Dónde están tus pies? ¿Por qué no viene aquí a patearme la cabeza? He de cubrirme el rostro para ya no verme.
En las ruinas de las ganas fenecidas. Una vez más.
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