viernes, 22 de febrero de 2013

Uniendo las partes.


Entonces le miré. Sus manos temblaban sin razón aparente, mientras se relamía en el final de su “cuba libre”. Y qué bien, pensé. Podía ver en sus ojos truncos, tras el humo del ambiente dulce, un cachito de la verdad que me faltaba. Estaba allí, y no se avergonzaba de saberme mirándole.
Solo bastó con esquivar un par de cuerpos que danzaban, con tironearle a mi vergüenza una pizca de mi coraje, y le hablé, y me hablé, y hablamos. Y en cada palabra se anidaba el deseo de ir más allá de lo que pudiese aguantar este cuerpo. De carcomerme las uñas, de tensar mis nervios, ante la idea de su piel desnuda. De amanecer hecho trizas, húmedo como un niño bajo las lluvias de los tiempos, pero sabiéndome feliz de encontrar en sus labios un poco del calor necesario para poder abrigarnos. 

martes, 19 de febrero de 2013

¡No han de bañar una piel que ya no las merece!

En el aire están suspendidas las partículas muertas de la piel de antaño. Es complicado mudar de piel con tanta facilidad, las piedras ya podrían bien aruñar más allá de ella. Carcomer la carne, tiesa ante una secuencia de imágenes mal pegadas, de caricias y gritos, de violentas formas de amar, y amarme, para poder volver a amar.

¿Era tan difícil asumir que las consecuencias de sus pensamientos, quizás y por algún motivo, empañaban su forma de ver al pasado? Ya se había replanteado tanto lo ya vivido, que a veces creía no saber qué fue verdad y que fue solo un mero producto de su imaginación.

Hoy contiene las sales líquidas. ¡No han de caer! ¡No han de bañar una piel que ya no las merece! No han.
Es que los muros construidos necesitan más que manos para derribarse. Enjaulado en sus propias retinas, mirando el mundo desde allí, abraza sus costillas, hundiéndose los dedos en los poros.

¡Ha de decirse, de repetirse consecuentemente que aún queda algo más que piel muerta en el aire! Solo así podrá creerse que nada está tan firme como para no poder cambiarlo.


jueves, 7 de febrero de 2013

Desenredando sus cabellos.


Maira se encontraba sola en su habitación.  Y rodeada de recortes de diarios, de fotos desteñidas, de regalos sin sentido, se le dibujaba una sonrisa añejada a través de los años. En aquella cajita de galletas, día tras día, y año tras año, se había empeñado en resguardar de las uñas del tiempo, el desecho material de su vida.

Algunas noches, cuando creía perder la cabeza, esa que siempre se empeñaba por seguir a la luna en su viaje por el cielo, repetía la operación. Se estiraba al máximo para obtener de arriba del destartalado placar la cajita. La abría. Todo estaba organizado del mismo modo que siempre. Estaba confiada en que si movía la mínima partícula de ese hilo de memoria, su pasado se re.ordenaría de cara al mañana. Muchas veces se descubrió tentada a hacerlo, pero el miedo la mantuvo helada.

Esa noche era distinta. Había discutido con su madre sobre su futuro próximo una vez más. Y se sintió tentada. Guardó las fotos, las cartas, los regalos, de un modo distinto, y entendió, y de una vez y por todas, que ella debía desprenderse de la placenta. Y en silencio, acarició sus piernas, se abrazó a ellas, y lloró. 

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Debo parar de ponerme palos en las ruedas.

sábado, 2 de febrero de 2013

Las uñas de Bruno.

Y así empezó. Quizás sin las razones necesarias, pero sin dudas debía de ser esa noche.
No había cenado mucho, ni poco. Sentía como las tripas le gritaban a más no poder que las desenredara. Se dispuso a prender un cigarro, pero las manos entumecidas siempre bien supieron hacérselo más difícil de lo normal. Pitó, una y otra vez, y dejó que ella se fuese con el humo, porque era mejor así, sabiéndola bien lejos de amanecer en su piel enardecida.

Seis de la mañana, Bruno duerme. Nadie parece percatarse de su desnudes, de la forma en que crecen los pelos de sus piernas, de la baba seca absorbida por la almohada. Abre los ojos lentamente, los párpados le pesan como su voz hiriente. Es necesario ser un ente al margen de todo, al menos hoy. Bruno se levanta, estira su cuerpo de 17 años, su cuerpo con resaca de niño, y con matices de hombre. Es hora de ducharse, de apalear el alcohol de ayer a como de lugar.
La casa está completamente vacía y muda, pero sin embargo necesita cubrirse solo para no sentirse tan observado por el silencio. Piensa dónde estará ella, y no sabe las respuestas, realmente es hora de volver a la cama.
Ella se fue, volando fuera de sus sin sentidos. Ella acabó hoy con sus ganas de ser algo más que lágrimas y sueños húmedos. Y se siente hoy más que nunca un trozo de carne descompuesta  a la vera del camino, para que las moscas de sus brazos lo terminen de devorar.
¿Por qué? Por qué se había convertido en la razón de sus pasos truncos. ¿Por qué? Por qué lo había hecho descubrirse en un sexo que sabía a principiantes. ¿Por qué? Por qué le hacía preguntarse y carcomerse de las uñas los eternos por qué de todo.
Era hora de volver a la cama, y sin más, calló rendido a la vera de un futuro incierto.