jueves, 7 de febrero de 2013

Desenredando sus cabellos.


Maira se encontraba sola en su habitación.  Y rodeada de recortes de diarios, de fotos desteñidas, de regalos sin sentido, se le dibujaba una sonrisa añejada a través de los años. En aquella cajita de galletas, día tras día, y año tras año, se había empeñado en resguardar de las uñas del tiempo, el desecho material de su vida.

Algunas noches, cuando creía perder la cabeza, esa que siempre se empeñaba por seguir a la luna en su viaje por el cielo, repetía la operación. Se estiraba al máximo para obtener de arriba del destartalado placar la cajita. La abría. Todo estaba organizado del mismo modo que siempre. Estaba confiada en que si movía la mínima partícula de ese hilo de memoria, su pasado se re.ordenaría de cara al mañana. Muchas veces se descubrió tentada a hacerlo, pero el miedo la mantuvo helada.

Esa noche era distinta. Había discutido con su madre sobre su futuro próximo una vez más. Y se sintió tentada. Guardó las fotos, las cartas, los regalos, de un modo distinto, y entendió, y de una vez y por todas, que ella debía desprenderse de la placenta. Y en silencio, acarició sus piernas, se abrazó a ellas, y lloró. 

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