Maira se encontraba sola en su habitación. Y rodeada de recortes de diarios, de fotos
desteñidas, de regalos sin sentido, se le dibujaba una sonrisa añejada a través
de los años. En aquella cajita de galletas, día tras día, y año tras año, se
había empeñado en resguardar de las uñas del tiempo, el desecho material de su
vida.
Algunas noches, cuando creía perder la cabeza, esa que
siempre se empeñaba por seguir a la luna en su viaje por el cielo, repetía la
operación. Se estiraba al máximo para obtener de arriba del destartalado placar
la cajita. La abría. Todo estaba organizado del mismo modo que siempre. Estaba
confiada en que si movía la mínima partícula de ese hilo de memoria, su pasado
se re.ordenaría de cara al mañana. Muchas veces se descubrió tentada a hacerlo,
pero el miedo la mantuvo helada.
Esa noche era distinta. Había discutido con su madre sobre
su futuro próximo una vez más. Y se sintió tentada. Guardó las fotos, las
cartas, los regalos, de un modo distinto, y entendió, y de una vez y por todas,
que ella debía desprenderse de la placenta. Y en silencio, acarició sus
piernas, se abrazó a ellas, y lloró.
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