Entonces le miré. Sus manos temblaban sin razón aparente,
mientras se relamía en el final de su “cuba libre”. Y qué bien, pensé. Podía
ver en sus ojos truncos, tras el humo del ambiente dulce, un cachito de la
verdad que me faltaba. Estaba allí, y no se avergonzaba de saberme mirándole.
Solo bastó con esquivar un par de cuerpos que danzaban, con
tironearle a mi vergüenza una pizca de mi coraje, y le hablé, y me hablé, y
hablamos. Y en cada palabra se anidaba el deseo de ir más allá de lo que
pudiese aguantar este cuerpo. De carcomerme las uñas, de tensar mis nervios,
ante la idea de su piel desnuda. De amanecer hecho trizas, húmedo como un niño
bajo las lluvias de los tiempos, pero sabiéndome feliz de encontrar en sus
labios un poco del calor necesario para poder abrigarnos.
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