Y así empezó. Quizás sin las razones necesarias, pero sin
dudas debía de ser esa noche.
No había cenado mucho, ni poco. Sentía como las tripas le
gritaban a más no poder que las desenredara. Se dispuso a prender un cigarro,
pero las manos entumecidas siempre bien supieron hacérselo más difícil de lo
normal. Pitó, una y otra vez, y dejó que ella se fuese con el humo, porque era
mejor así, sabiéndola bien lejos de amanecer en su piel enardecida.
Seis de la mañana, Bruno duerme. Nadie parece percatarse de
su desnudes, de la forma en que crecen los pelos de sus piernas, de la baba
seca absorbida por la almohada. Abre los ojos lentamente, los párpados le pesan
como su voz hiriente. Es necesario ser un ente al margen de todo, al menos hoy.
Bruno se levanta, estira su cuerpo de 17 años, su cuerpo con resaca de niño, y
con matices de hombre. Es hora de ducharse, de apalear el alcohol de ayer a
como de lugar.
La casa está completamente vacía y muda, pero sin embargo
necesita cubrirse solo para no sentirse tan observado por el silencio. Piensa
dónde estará ella, y no sabe las respuestas, realmente es hora de volver a la
cama.
Ella se fue, volando fuera de sus sin sentidos. Ella acabó
hoy con sus ganas de ser algo más que lágrimas y sueños húmedos. Y se siente
hoy más que nunca un trozo de carne descompuesta a la vera del camino, para que las moscas de
sus brazos lo terminen de devorar.
¿Por qué? Por qué se había convertido en la razón de sus
pasos truncos. ¿Por qué? Por qué lo había hecho descubrirse en un sexo que
sabía a principiantes. ¿Por qué? Por qué le hacía preguntarse y carcomerse de
las uñas los eternos por qué de todo.
Era hora de volver a la cama, y sin más, calló rendido a la
vera de un futuro incierto.
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