domingo, 4 de agosto de 2013

Los gritos de las musas.

Tic, tac.

-Mírame- dijo.
Le miró.
-No han de caer-
Y brotaron. La primera, pequeña y mágica anestesia. Luchó contra la muralla de sus lagrimares, tímida, contenida durante siglos. Bañó los valles de sus poros. Entumeció su nunca. Erizó, esperanzó, alivió.

Ella pitó mientras lo examinada con una curiosidad inaudita. Se levantó de la butaca, se sintió avergonzada de su desnudes y cubrió su joven cuerpo con lo que tuvo a mano.

Tic, tac, tic.

-Te amo-

Silencio, lágrimas que caen. Mujer desnuda en la oscura habitación. Ella siempre supo ser la leña de su hoguera. Ella siempre supo desencajarlo, otorgarle la capacidad de exteriorizarlo todo. Ella. Allí estaba ella. Tan de piedra, tan fanatizada con sus lágrimas añejadas. Se relamía ante aquella curiosa escena.

Tic, tac, tic, tac.


Un ventarrón entra por algún sitio. Y ella ya no está. Han quedado suspendidas sus palabras en el aire.
¡Y ahora son dagas sin contestación! Él se acurruca, y le besan la sien. Destrozándole la capacidad de recrearse.


Ella se ha ido. Aún puede dibujarse su cuerpo en la oscuridad. Ella sigue allí, agarradita de sus manos, incrustándose en sus ojos, exigiéndole una respuesta.


Tic, tac, tic, tac, tic.

El tiempo pasa. Nunca llegará.






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