Es entonces un Cliche decir que todo es un cliche- Me dijo.
La luz le acariciaba ansiosamente el costado izquierdo. Se había convertido, sin premeditaciones, en una exteriorización de sus tertulias con la luna. En esas dónde se mostraba el alma en luces y sombras.
Parpadeó.
Tomé en mis manos el coraje y hablé. Le conté de los cliches eufemísticos lanzados como escupitajos desde la ventanilla de un auto.
No contestó, fue su perplejidad, esa que se hace hermoso gesto de ceño fruncido la que me abrió las puertas para proceder.
Le conté entonces de un hombre solitario que había perdido todo ser y todo afecto. "Uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde" recitaba aquel rostro de arrugas pronunciadas. Era más fácil sin dudas que explicar toda profundidad de aquel anciano sentir. Era más fácil que admitir que nadie convive con la idea de la muerte hasta que es un hecho consumado. Hasta ese momento donde la dama del vestido negro entra en toda habitación y llena todo aire, aficionando cualquier risa que amenace emerger. Continué por bosquejar que nadie admite cuanto amor siente en el momento preciso, salvo por, esos convencional-izados "te amo". Esos que son en efecto otro de los cliches que camuflan toda profundidad.
Creo que fue ahí cuando lo entendió, sus ojos se hacían lágrimas en su rojo parpadeo.
Quizás se asomó por un costado de mi sien abierta y vio a aquel hombre, sentado en la puerta de su casa mateando de sol a sol. Y vio entonces en sus gestos otra de las superficies llanas y mudas. Quizás ahí comprendió que en sus cliches, sus escupitajos, y sus arrugados sentimientos se escondía algo más hermosamente crudo, como un niño que sonríe, pero a medias. O quizás, no entendió nada de lo expuesto, o más bien todo lo contrario.
Nunca lo sabré, ahora mujer de ojos rojos en sombras y luces, te extraño. "Todo tiempo pasado fue mejor" guardaré ese cliche en mi canguro, y sin más emprenderé la marcha.
jueves, 18 de diciembre de 2014
martes, 9 de diciembre de 2014
Rencuentros
Quizá se había asomado por las esquinas sombrías.
Casi imperceptible, como vieja depredadora de sueños.
Él, que sabía de cortinas de gotas golpeando la piel, la recibió a brazos tendidos, fundiéndose así en su opaco abrazo.
Siempre se había cuestionado de dónde provenía tal presencia ausente.
Ordenó una tarde, cada una de las piezas fragmentadas, tendiendo puentes, y fue allí que todo se hizo bosquejo, esquema, figura.
Podría ser que las nubes fuesen su madre, o la soledad pronunciada. Podía ser que hubiese tenido como padre al olvido, y quizás, este la había acunado, y la había herido en el mismo sentido que a él, que a sus brazos, y al abrazo opaco en esquemas y figuras imborrables.
Quizás ella estuviese allí, con su vestido de colores abstraídos, aún cuando él alimentaba su sed de mundo en placenta tibia. Sin dudas que sí. Ella tenía todo segundo del tiempo como edad, toda omnipresencia, y estaba ahora intrínseca en cada paso de ese joven risueño.
Y ahora ya lo mira sin ojos, acaricia su sien sin tacto, se funde en copas de bares, y en sus mesas pegajosas, y en sus salsas agrias.
Y ahora él la acepta como presencia siempre presente, cuando el, ese yo que exteriorizo, se siente tan roto y sano en proporciones iguales.
Es ahí, cuando el reloj marca las mudas dos de la tarde, pita la última, lo apaga, mientras afuera Montevideo se tiñe gris y húmedo de norte a sur.
Casi imperceptible, como vieja depredadora de sueños.
Él, que sabía de cortinas de gotas golpeando la piel, la recibió a brazos tendidos, fundiéndose así en su opaco abrazo.
Siempre se había cuestionado de dónde provenía tal presencia ausente.
Ordenó una tarde, cada una de las piezas fragmentadas, tendiendo puentes, y fue allí que todo se hizo bosquejo, esquema, figura.
Podría ser que las nubes fuesen su madre, o la soledad pronunciada. Podía ser que hubiese tenido como padre al olvido, y quizás, este la había acunado, y la había herido en el mismo sentido que a él, que a sus brazos, y al abrazo opaco en esquemas y figuras imborrables.
Quizás ella estuviese allí, con su vestido de colores abstraídos, aún cuando él alimentaba su sed de mundo en placenta tibia. Sin dudas que sí. Ella tenía todo segundo del tiempo como edad, toda omnipresencia, y estaba ahora intrínseca en cada paso de ese joven risueño.
Y ahora ya lo mira sin ojos, acaricia su sien sin tacto, se funde en copas de bares, y en sus mesas pegajosas, y en sus salsas agrias.
Y ahora él la acepta como presencia siempre presente, cuando el, ese yo que exteriorizo, se siente tan roto y sano en proporciones iguales.
Es ahí, cuando el reloj marca las mudas dos de la tarde, pita la última, lo apaga, mientras afuera Montevideo se tiñe gris y húmedo de norte a sur.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Yo.
Él se relame sabores añejos a esas horas de la historia.
Él se agradece y congratula de su falta de frialdad en el análisis.
Se sabe entonces, la parte necesaria, del sentimiento puro.
Se maravilla ante el hambre bien recordada.
Salvada de los olvidos pronunciados de la sociedad amnésica.
Entonces todos esos libros nunca leídos son el menor de los errores.
Porque es de ella que deviene esa fuerza incontrolable. De esas niñas tripas sonando y resonando.
Él se alborota y no dice amén alguno. Y se ama en esos otros uniformes e indiferenciados.
Enarbola la bandera roída, esa que en sus horas más ciertas no tiene tinte de obsoleta.
Él no legitima las botas de pesos pesados.
Mirándose en los muros de contención, arrancándose de la sien toda posibilidad de obediencia terrible.
Y sabe ahora, quizá más que nunca, de esos traidores que se mitifican y maquillan en los espejos.
Y sabe entonces de ese paredón al que asiste obligatoriamente, mientras las balas de letras y sílabas lo auchillan en un puñado de adjetivos categóricos.
Y sabe ahora de esa dignidad tan suya. La que no renuncia y no desiste de ese empecinado camino.
Él se agradece y congratula de su falta de frialdad en el análisis.
Se sabe entonces, la parte necesaria, del sentimiento puro.
Se maravilla ante el hambre bien recordada.
Salvada de los olvidos pronunciados de la sociedad amnésica.
Entonces todos esos libros nunca leídos son el menor de los errores.
Porque es de ella que deviene esa fuerza incontrolable. De esas niñas tripas sonando y resonando.
Él se alborota y no dice amén alguno. Y se ama en esos otros uniformes e indiferenciados.
Enarbola la bandera roída, esa que en sus horas más ciertas no tiene tinte de obsoleta.
Él no legitima las botas de pesos pesados.
Mirándose en los muros de contención, arrancándose de la sien toda posibilidad de obediencia terrible.
Y sabe ahora, quizá más que nunca, de esos traidores que se mitifican y maquillan en los espejos.
Y sabe entonces de ese paredón al que asiste obligatoriamente, mientras las balas de letras y sílabas lo auchillan en un puñado de adjetivos categóricos.
Y sabe ahora de esa dignidad tan suya. La que no renuncia y no desiste de ese empecinado camino.
martes, 23 de septiembre de 2014
Leo.
Definitivamente lo supo.
Irremediablemente su mirada se tensó, no había posibilidad alguna de dejarla vagar por la lisa pared.
El reloj marcaba la hora exacta. En la que las manecillas romperían el cristal para clavarse dulcemente en sus inocuos párpados. Atravesarían entonces toda materialidad, en su intento de coexistencia infinita.
Esos ojos no llorarían jamás. Había sabido arrancarse a manos tibias esa posibilidad de la sien.
Era la hora en la que el tiempo de ojos secos se abrazaría a la vieja carne.
Leo se quedó allí, mirándose en proceso de metamorfosis.
Se supo entonces tan irreparable como firme, tan sujeto de manos, besando el piso, lleno de cálido lodo.
Sus ojos vieron pasar entonces la exhibición de turno. Todo fue butaca de terciopelo rojo, pantalla luminosa y sonido estéreo.
Exteriorizó cuanta plegaria, besó cuanta piel posible. Y lo supo, estaba nadando en el fondo de la botella. En esa mezcla de espuma y saliva que nadie quiso jamás beber. Esa que no agota sed alguna. Sintiendo la briza errante, y la imposibilidad de retroceder sobre sus pasos.
Irremediablemente su mirada se tensó, no había posibilidad alguna de dejarla vagar por la lisa pared.
El reloj marcaba la hora exacta. En la que las manecillas romperían el cristal para clavarse dulcemente en sus inocuos párpados. Atravesarían entonces toda materialidad, en su intento de coexistencia infinita.
Esos ojos no llorarían jamás. Había sabido arrancarse a manos tibias esa posibilidad de la sien.
Era la hora en la que el tiempo de ojos secos se abrazaría a la vieja carne.
Leo se quedó allí, mirándose en proceso de metamorfosis.
Se supo entonces tan irreparable como firme, tan sujeto de manos, besando el piso, lleno de cálido lodo.
Sus ojos vieron pasar entonces la exhibición de turno. Todo fue butaca de terciopelo rojo, pantalla luminosa y sonido estéreo.
Exteriorizó cuanta plegaria, besó cuanta piel posible. Y lo supo, estaba nadando en el fondo de la botella. En esa mezcla de espuma y saliva que nadie quiso jamás beber. Esa que no agota sed alguna. Sintiendo la briza errante, y la imposibilidad de retroceder sobre sus pasos.
domingo, 27 de julio de 2014
Julio.
Amanece.
Calma y sólo calma.
Ese frío es algo más que invierno.
Algo más que soledades y silencios pronunciados.
Algo menos que desabastecimiento del alma.
Amanece, ¡míralo!
Es que las auroras saben detener el tiempo
Es ahí dónde se levanta
Descalzo, entumecido.
Sale al patio y lo siente
Ese frío es ahora piel de poros marcados
Cicatrices visibles
Sonrisa de dientes rotos
Amanece.
Pero no es cierto, claro.
Nada se detiene
Y ahora le hace el amor a cada segundo por vivir
Se proyecta en ramas de más ramas y hojas
Creciendo
Amanece
Entero,
vertebrado,
en gritos y caricias secas.
Amanece
Y no era cierto, claro.
Está allí casi asible la mentira del miedo
Ella no lo vertebra ahora
No es ya, nunca, su anclaje mejor
Y no será su tierra fértil.
In-fértil.
Claro que no.
Amanece, respira.
Abre esas fosas nasales
Puro,
invierno puro.
Frío, hojas que abandonaron el árbol.
Y ese hombre que llora felizmente,
se ha arrancado a manos tibias de la placenta.
Y ahora sí, era cierto, claro.
miércoles, 2 de julio de 2014
Inconcluso.
Sésamo
Te hablo al oído y miro las nubes que se avecinan.
Es que tú piel de verano eterno huele a tormenta. Y tus manos ya cansadas solo raspan la superficie.
Ojalá no me arranques las miradas vacilantes.
Y las sepas mías.
Ojalá no me prendas la seguridad a mis pasos, con tus sucias uñas de frías manos.
Ojalá no me inmortalices en novelas, no generes poema alguno.
No me incluyas en los tomos de ninguna polvorienta enciclopedia.
Ojalá no me encuentres en las bocas.
Lino
Ojalá que ahora me arranquen el alma,
si es que existe y me la encuentran.
Ojalá ahora pisen fuerte,
y que armados hasta los dientes a los sueños aniquilen.
Ojalá ahora venga la muerte y a su paso sólo sanidad me deje.
Que me rompan el anclaje,
cosificándome en imágenes,
que me hagan cuadrado de líneas firmes.
De gris bien pintado.
Ojalá me uniformen y me inculquen el saberme subordinado,
que me maten la rebeldía,
que me corten este canto.
Ojalá que me fusilen con las balas del lucro, con la TV, el automóvil , y con la casa, y las vacaciones, los dos niños, la mujer y el perro.
Ojalá que me encuentren en una década con la cara amargada mirando un programa de televisión estupidizante.
Ojalá que puedan. Ojalá que sí.
Ya va siendo hora de escribir tres versos, apagar el pucho y dormir para siempre.
Hasta que suene el despertador y me recuerde ese tantito de valor que me faltó para escribir el verso último.
martes, 17 de junio de 2014
Inconclusiones matutinas.
¡Ay el furioso viento al vivir en las cornisas!
Quizás sus pies hagan callos por la inmovilidad de vivir siempre en la línea.
Se mira con ojos duros, reacios a evadirse, inconformistas y rudos.
¡Ay! Qué envidia insana hacia los convencidos, hacia los que se adueñan de sus voraces palabras, hacia los que hieren y sanan sin tambalearse.
Ahora se recubre de buzos y buzos. Sale a caminar bajo la niebla matinal. Pero el frío siempre ha sabido colársele por los poros. Ayudado por los baches de sus dudas.
Es que Montevideo es hermosamente cruda en estos días. Y es que el manto impune de las injusticias sublimadas tiene a bien recubrir todo de escarcha.
Se dispone a mover sus pocos kilos y su piel de parches. Sintiéndose seguro de poseer un objetivo. Un horizonte, una pizca de color en el lienzo vacío de las certezas. Pero la musa no está presente tras los edificios, ni los pintores anidarían en sus manos. La paleta se vacía de colores, que se sangran por el filo hacia el asfalto. Se deslizan sin mirarlo hacia las alcantarillas. Cayendo por la inercia de los días vividos a malos platos y pocas propinas. La oscuridad allí es indisociable del humor ácido, corrosivo. El verde se hace rojo espeso, y así también los azules, negros y amarillos.
Es que ese es el reino del descargue silencioso de los transeúntes matutinos. De sus desechos tóxicos.
Allí donde está el rey sin trono mirándose las manos, mientras arrastra sus pocos kilos al pasear por Montevideo.
Quizás sus pies hagan callos por la inmovilidad de vivir siempre en la línea.
Se mira con ojos duros, reacios a evadirse, inconformistas y rudos.
¡Ay! Qué envidia insana hacia los convencidos, hacia los que se adueñan de sus voraces palabras, hacia los que hieren y sanan sin tambalearse.
Ahora se recubre de buzos y buzos. Sale a caminar bajo la niebla matinal. Pero el frío siempre ha sabido colársele por los poros. Ayudado por los baches de sus dudas.
Es que Montevideo es hermosamente cruda en estos días. Y es que el manto impune de las injusticias sublimadas tiene a bien recubrir todo de escarcha.
Se dispone a mover sus pocos kilos y su piel de parches. Sintiéndose seguro de poseer un objetivo. Un horizonte, una pizca de color en el lienzo vacío de las certezas. Pero la musa no está presente tras los edificios, ni los pintores anidarían en sus manos. La paleta se vacía de colores, que se sangran por el filo hacia el asfalto. Se deslizan sin mirarlo hacia las alcantarillas. Cayendo por la inercia de los días vividos a malos platos y pocas propinas. La oscuridad allí es indisociable del humor ácido, corrosivo. El verde se hace rojo espeso, y así también los azules, negros y amarillos.
Es que ese es el reino del descargue silencioso de los transeúntes matutinos. De sus desechos tóxicos.
Allí donde está el rey sin trono mirándose las manos, mientras arrastra sus pocos kilos al pasear por Montevideo.
sábado, 19 de abril de 2014
De lunes y soledades.
Nada más hermoso que sus pupilas desencajadas ante tanta desproporción. Dedicándose a echarse luces sobre el cuerpo desnudo, generando sombras abarcativas y profundas para tan poca cosa.
¿Es que acaso en tanto libro mal leído alguien se lo había explicado? ¿Cómo controlaría ahora al eterno mal de sus males? A sí mismo, a sus dientes sucios y afilados, a sus ojos crudos, a su eterna adicción a romper toda imagen de felicidad.
Padecer una de esas enfermedades que se fortalecen con el tiempo no es cosa de débiles. Y en los tiempos que corrían, esos de gotas frías e hirientes, no había piedad tan grande, mano tan tibia, ni resacas de abrazos tan reales y puros.
Es que el reino del caótico anochecer constante no es para niños que juegan a ser algo más. No basta hoy con ponerse en cuclillas para mirarse en otros espejos. No basta con incrustar dedos en tímpanos donde ya nada suena bien.
¿No era acaso evidente este final de lunes y soledades? Son ruedas de historias circulares. Raspando superficies sin dejar rastros. Evitando toda reconstrucción posible del recorrido, impidiendo armarse de precauciones para no volver a caer en las mismas bocas hambrientas.
Ahora sólo basta echarse en el suelo. Abrigarse de cartones corroídos aguardando la más cruda de las metamorfosis.
¿Es que acaso en tanto libro mal leído alguien se lo había explicado? ¿Cómo controlaría ahora al eterno mal de sus males? A sí mismo, a sus dientes sucios y afilados, a sus ojos crudos, a su eterna adicción a romper toda imagen de felicidad.
Padecer una de esas enfermedades que se fortalecen con el tiempo no es cosa de débiles. Y en los tiempos que corrían, esos de gotas frías e hirientes, no había piedad tan grande, mano tan tibia, ni resacas de abrazos tan reales y puros.
Es que el reino del caótico anochecer constante no es para niños que juegan a ser algo más. No basta hoy con ponerse en cuclillas para mirarse en otros espejos. No basta con incrustar dedos en tímpanos donde ya nada suena bien.
¿No era acaso evidente este final de lunes y soledades? Son ruedas de historias circulares. Raspando superficies sin dejar rastros. Evitando toda reconstrucción posible del recorrido, impidiendo armarse de precauciones para no volver a caer en las mismas bocas hambrientas.
Ahora sólo basta echarse en el suelo. Abrigarse de cartones corroídos aguardando la más cruda de las metamorfosis.
lunes, 17 de febrero de 2014
Inminente.
Condenados, desde el cordón umbilical, desde la más mínima y maravillosa célula. Condenados.
Así se desarrolla la semilla que pronto es tallo de hondas raíces, la célula que pronto es tejido. Las letras hechas a pulso nervioso, con destellante cuchillo, que crean indescifrables mensajes en su piel.
¿No es de hecho la más aberrante injusticia?
Caminan sobre los tejados, con la piel expuesta, el silencio los espía y se estremecen. Se miran y se reconocen los unos a los otros, las unas a las otras. Se les fijan en la retina ahora sombras de dolor, han desarrollado una percepción aguda, tergiversada por la opresión invisible.
Se ven obligados desde la turbia pubertad a tentar los hilos del destino. A cargar de peso el globo poniendo en peligro su vuelo. Han de sentirse tentados a quemar las naves, a romper con todo, a cortar los hilos con botella rota contra el cordón.
Y ahora allí están, hombre y mujeres de pieles rotas, de ojos duros que no lloran. Allí están en el paredón. Les han tatuado como herencia una culpa no suya, un odio corrosivo.
Son ellos mismos quienes se fusilarán con las balas de la verdad. Quienes romperán con violencia sorda los hilos, quienes soportarán el golpe.
Y la bala llega, se hunde en su vientre. Esa chica es maravillosa, una mujer de cenos pequeños y honda vagina. Suspira. No llora, es maravillosa.
La bala se hunde y cava en su interior sin reparo. Siente como la mentira se le escapa con la sangre. Como cae la máscara y sonríe. Sonríe.
Ella se llama Verdad ahora, y se reconoce íntegra y completa. Sonríe.
Así se desarrolla la semilla que pronto es tallo de hondas raíces, la célula que pronto es tejido. Las letras hechas a pulso nervioso, con destellante cuchillo, que crean indescifrables mensajes en su piel.
¿No es de hecho la más aberrante injusticia?
Caminan sobre los tejados, con la piel expuesta, el silencio los espía y se estremecen. Se miran y se reconocen los unos a los otros, las unas a las otras. Se les fijan en la retina ahora sombras de dolor, han desarrollado una percepción aguda, tergiversada por la opresión invisible.
Se ven obligados desde la turbia pubertad a tentar los hilos del destino. A cargar de peso el globo poniendo en peligro su vuelo. Han de sentirse tentados a quemar las naves, a romper con todo, a cortar los hilos con botella rota contra el cordón.
Y ahora allí están, hombre y mujeres de pieles rotas, de ojos duros que no lloran. Allí están en el paredón. Les han tatuado como herencia una culpa no suya, un odio corrosivo.
Son ellos mismos quienes se fusilarán con las balas de la verdad. Quienes romperán con violencia sorda los hilos, quienes soportarán el golpe.
Y la bala llega, se hunde en su vientre. Esa chica es maravillosa, una mujer de cenos pequeños y honda vagina. Suspira. No llora, es maravillosa.
La bala se hunde y cava en su interior sin reparo. Siente como la mentira se le escapa con la sangre. Como cae la máscara y sonríe. Sonríe.
Ella se llama Verdad ahora, y se reconoce íntegra y completa. Sonríe.
domingo, 2 de febrero de 2014
Ni ahí, NI AHÍ.
Su nombre era, va no importa del todo su nombre. Una seguidilla de letras pegadas por alguna razón no podría definirlo, ni contenerlo, ni hacerlo más ameno ante los ojos duros del espejo.
Había crecido en una casa humilde, ese eufemismo que usa la gente para no decir pobre, como si así se hiciese menos cruda la realidad que le tocó. Una casa humilde de los sin nombres allá por los 90. Se le hacía difícil de vez en cuando mirarse las raíces, él sabía que de sus zapatillas salían pequeñas extensiones invisibles que traspasaban toda superficie y lo ataban a la tierra. Él lo sabía, sabía que la lluvia lo regaba, que no había lágrimas en vano si alimentaban la sed de algún árbol solitario.
No recordaba cuando se supo por primera vez alguna verdad inescondible. Quizá fue cuando enfurecía por llegar tarde a la escuela, con su moña impecable y su túnica de azul almidonado. Quizá cuando algún compañero, en la crueldad que solo un niño puede encarnar, se río de sus botas. Y es que los niños no son en esencia crueles, sino más bien sinceros, no han incorporado la noción de lo que está bien decir ó no, y es eso quizá lo que más extrañaba de ser uno. La hipocresía no hacía uso de su lengua en esos tiempos.
Recordaba alguna que otra cosa del pasado, como cuando comenzó a vomitar versos en una agenda del 2008, nunca entendió por qué. Había desarrollado un gusto por la literatura, por leerla y hacerla propia, en una casa donde sólo había media docena de libros viejos, llenos de polvo. Quizá, porque todo es motivo. Aquella vez que su hermana no llevó merienda al jardín, o alguna vez que se inundó la casa, o que le cortaron la luz y se colgaron de un cable, o quién sabe qué.
Le era tan confuso tratar de decirse algo de sí mismo, se había negado durante tanto tiempo, le era más fácil anestesiarse de quehaceres y seguir. Es por eso quizá que hoy escribía estas líneas, era hora de empezar a hablarse de sí, sin eufemismos. Los tiempos habían cambiado, ya nada era tan maravilloso y cruel, ya nada llenaba el alma con novedad violenta. Ya nada.
Había crecido en una casa humilde, ese eufemismo que usa la gente para no decir pobre, como si así se hiciese menos cruda la realidad que le tocó. Una casa humilde de los sin nombres allá por los 90. Se le hacía difícil de vez en cuando mirarse las raíces, él sabía que de sus zapatillas salían pequeñas extensiones invisibles que traspasaban toda superficie y lo ataban a la tierra. Él lo sabía, sabía que la lluvia lo regaba, que no había lágrimas en vano si alimentaban la sed de algún árbol solitario.
No recordaba cuando se supo por primera vez alguna verdad inescondible. Quizá fue cuando enfurecía por llegar tarde a la escuela, con su moña impecable y su túnica de azul almidonado. Quizá cuando algún compañero, en la crueldad que solo un niño puede encarnar, se río de sus botas. Y es que los niños no son en esencia crueles, sino más bien sinceros, no han incorporado la noción de lo que está bien decir ó no, y es eso quizá lo que más extrañaba de ser uno. La hipocresía no hacía uso de su lengua en esos tiempos.
Recordaba alguna que otra cosa del pasado, como cuando comenzó a vomitar versos en una agenda del 2008, nunca entendió por qué. Había desarrollado un gusto por la literatura, por leerla y hacerla propia, en una casa donde sólo había media docena de libros viejos, llenos de polvo. Quizá, porque todo es motivo. Aquella vez que su hermana no llevó merienda al jardín, o alguna vez que se inundó la casa, o que le cortaron la luz y se colgaron de un cable, o quién sabe qué.
Le era tan confuso tratar de decirse algo de sí mismo, se había negado durante tanto tiempo, le era más fácil anestesiarse de quehaceres y seguir. Es por eso quizá que hoy escribía estas líneas, era hora de empezar a hablarse de sí, sin eufemismos. Los tiempos habían cambiado, ya nada era tan maravilloso y cruel, ya nada llenaba el alma con novedad violenta. Ya nada.
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