Marquitos le decía su madre, y su abuela Nara, también sus primos y aquel vecino con el que había jugado un par de veces a la rayuela.
Para ellos no había pasado el tiempo, el barrio seguía siendo el barrio, las calles ahora asfaltadas y con farolas de potente luz, seguía albergando la imagen de calles de tierra, cunetas inundadas y penumbra cálida de noche de verano.
Marquitos ya no era, sin embargo, tan Marquitos, incluso el diminutivo ironizaba al aplicarse a ese muchacho alto y bastante compacto que fumaba tirado en la cama esa noche de diciembre. Con pelos en las piernas, y gambas de bicicleta, y bicicleta que fue de su padre, para aquel entonces ausente como quien no quiere la cosa. Es que el tiempo hace imposible sentir el vacío del momento de las grandes partidas, la risa nerviosa al no saber que hacer, las lágrimas abruptas, los años de terapia, el puchito que faltaba para pagar el agua, es que el tiempo deforma. Ahora todo aquello estaba cubierto de polvo, como adorno viejo.
La navidad afloraba por el Bajo Rosario. Los vecinos habían colgado luces y guías a diestro y siniestro, aquello era una especie de colage mal pegado, entre chapas, bloques sin reboque y luces navideñas. Los muchachos sin embargo desvirgaban una y otra vez su sed con una sidra en plástico que de a moneditas podían comparar. Por aquella época el calor fatigaba.
En el Bajo todos aprontaban comidas para esa navidad, los vecinos iban a lo del Cacho a comprar comida típicas de un clima invernal para degustarlas bajo la atmósfera de 35 grados.
En lo de Marquitos se reunía un tropel de comensales a los cuales la comida y la bebida nunca parecía satisfacer. La Celia, su madre, había enviudado hace ya 8 años. Era una mujer de carácter tenue pero firme, de esas que acarician el alma en el momento justo, que guardan silencio para que luego bien se escuchen sus palabras. Había nacido en el Bajo, y en el Bajo moriría. Era la vecina de los vecinos, de esas que barren la vereda y toman mate sentadas en la puerta. Una mujer que cargaba con 10 horas de laburo diarias en la fábrica de cerámica de los Pérez, esos viejos atorrantes.
La mesa ya estaba servida, sonaba la plena por unos parlantes que Marquitos y el Pulga habían montado en el patio. La abuela Nara decía algo sobre el reuma, un par de botijas corrían por el patio proliferando gritos agudos, la prima Agustina tomaba sidra en una taza.
Todo estaba listo, el festejo daba arranque. Luego los fuegos artificiales, los regalos, la bailanta. Y mañana igual. Para amanecer el 26 con la Celia laburando, el Marquito acostado, los muchachos en la esquina de pavimento y luces potentes. Para amanecer en el Bajo, olvidado por los tiempos.
lunes, 23 de diciembre de 2013
jueves, 21 de noviembre de 2013
Suspira y ceba.
Doña María se encuentra sentada al frente de su modesta y acogedora casa. Ceba un mate y después otro, el sol de la mañana se ha vuelto su fiel compañero. Es que así es doña María, una más.
Esa mañana despertó temprano. Luego de abrigarse con un sacón tejido por ella, se dirigió a regañadientes al fogonzito, tomó una caldera pomposa y la hechó al fuego. Doña María rasqueteó en varios tarros puchitos de yerba y aprontó el matesito. Tres galletas del día anterior fue el sólido de esa mañana. Ahora solo espera que la Julia le alcancé un plato al mediodía.
Pues esa es doña María, una más de las tantas. Las arrugas crean surcos profundos en su rostro inexpresivo. Sus manos denotan años de agua fría y pisos por lavar. Distrae su mirar desde el cielo sólo para observar algún matutino transeúnte que se va a trabajar. Ella los ve, suspira y vuelve a cebar.
Cerca de las 9, sigue allí. El gurí de al lado regresa haciendo eses en una nube de nicotina. -Mirá que ese anda en la droga- le repetía la Julia. Para María seguía siendo el mismo botija de hace no tantos años. Ese botija que salía al trote cuando su padre golpeaba ferozmente a su madre. Ese mismo.
Y es que doña María siempre supo mirar más allá del presente.
Allí está ella. Hoy es domingo. Nadie vendrá por la tarde, ni a la noche. Ni nadie al día siguiente.
Ella espera. Mira como corren a pie desnudo pequeños niños por las calles. Detrás de ellos una muchacha camina a pura piel bajo el sol.
Doña María está allí al tibio abrigo de la nada, mirándose más allá de las casitas de chapas. Piensa que es hora de darle la vuelta, se lavó. Suspira, y ceba.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
El no poder del yo.
No puedo llamarme al silencio rotundo. No puedo.
No puedo tampoco suspirarme el sentir cerquita de tu piel. Es que no puedo hacerte caer la piel muerta con una pizca de insolencia inaudita.
No puedo llamarte a dialogar en otros términos que no sean los que dispones, ni tampoco mirarme ahora sin pensarme agarradito de tus manos.
No puedo contener ni largar la piola que me sujeta a esta encrucijada.
No puedo mantenerme aquí en el no accionar continuo, ni tampoco avanzar a pasos trucos hacia lo incierto.
No puedo no ocupar mi mente en cosas que no llenan, ni tampoco desperdiciarme en copas que no alivian la sed, ni fumarme el humo del mal pasar de los días. Ni calmarme la ansiedad en labios que no tiemblan al contacto.
No puedo mirarme el las ruinas de los sentimientos frustrados, de las imágenes omitidas, de los gritos que hacen nudos en mi lengua.
Ya no estoy pudiendo animarme a nada, ya nada está pudiendo animarse a mí.
Ya no puedo sostener una serie de palabras bien pegadas, o mal, para desenredar el nudo en el que estoy.
La poesía, infame y egoísta, ya no sirve tampoco de tanto. Y las musas se han mudado a la otra alcoba.
Ya no puedo. Ya no hay nada.
lunes, 28 de octubre de 2013
Esos extraños lenguajes.
¿Cómo llamarte al diálogo sin palabras? Es que nada está tan rígido como para poder delimitarnos del todo. Tú vas. Tú vas allí dónde te llaman a gritarte las dos o tres convicciones que pueden quedarte hoy.
Te miro desde un rincón que no sé cual es, y que poco me importa. Es que la mierda más pura ha de arrastrarme una vez más hacia el precipicio. Y es que caeré seguramente y tú seguirás gritándote. Pero ahora solo una básica convicción forzosamente heredada.
Quiero invitarte hoy a que me hables sin palabras. Quiero abrirme la sien y que puedas incrustar tus dedos cálidos. Y así ordenándome los hilos, darme cuenta de dónde estoy hoy.
Es que tus pieles son poco cambiantes. Pero las mías mudan a velocidades insaciables cada vez que te pronuncias. ¿Por qué tenía que romperme las rodillas en la línea que nos dividirá cada vez más?
Estoy tratando de escribirme palabras en los dedos. Pero ya no queda tinta posible, y ya no puedo pensarme fuera de la enfermedad de turno. Ya no puedo separarme de la frustración de esta máquina del sin.sentido. Ya no puedo.
Se caen los muros mal pegados de hojas secas. Sangran las heridas de antaño, y ya nada importa.
Sólo quiero que me hables sin palabras. Ven, hablame. Arrancame la piel del hoy, mirame el llagas y riéndonos olvidaremos que estamos hechos para reproducir la vomitiva realidad que nos tocó.
VEn.
Te miro desde un rincón que no sé cual es, y que poco me importa. Es que la mierda más pura ha de arrastrarme una vez más hacia el precipicio. Y es que caeré seguramente y tú seguirás gritándote. Pero ahora solo una básica convicción forzosamente heredada.
Quiero invitarte hoy a que me hables sin palabras. Quiero abrirme la sien y que puedas incrustar tus dedos cálidos. Y así ordenándome los hilos, darme cuenta de dónde estoy hoy.
Es que tus pieles son poco cambiantes. Pero las mías mudan a velocidades insaciables cada vez que te pronuncias. ¿Por qué tenía que romperme las rodillas en la línea que nos dividirá cada vez más?
Estoy tratando de escribirme palabras en los dedos. Pero ya no queda tinta posible, y ya no puedo pensarme fuera de la enfermedad de turno. Ya no puedo separarme de la frustración de esta máquina del sin.sentido. Ya no puedo.
Se caen los muros mal pegados de hojas secas. Sangran las heridas de antaño, y ya nada importa.
Sólo quiero que me hables sin palabras. Ven, hablame. Arrancame la piel del hoy, mirame el llagas y riéndonos olvidaremos que estamos hechos para reproducir la vomitiva realidad que nos tocó.
VEn.
jueves, 26 de septiembre de 2013
De sombras y sombras.
Así se le ve, cologando de un péndulo, amacándose ya sin fuerzas, incluido en el menú de las bocas hambrientas.
Es tan difícil verlo sonreír de verdad. Se ha creado una máscara de sonrisas desdentadas, y allí la tiene, agarradita de su piel, como escudo de las preguntas que no ha de contestar hoy.
El peso de los segundos en silencio le han carcomido lo más recóndito de su ser. Y ahora vaga bajo soles ponientes, que en su intento de abrigarlo le acarrean imágenes de horror.
Y tú no lo ves. Es que con tú dolor en manos se hace imposible ver el suyo. Pero el suyo está allí, chorreando por sus brazos. Cae de gota en gota llenando la copa. Copa que algún día derramará su ácida esencia abriendo el portal. Y por el se sumergirá en el no existir constante. Por él ingresará en el silencio hiriente de sus miedos atragantados.
Allí está él, fingiéndose las pupilas llenas de esperanza, cuando en realidad él sabe, desde siempre, que la valentía nunca lo vendrá a buscar.
Es tan difícil verlo sonreír de verdad. Se ha creado una máscara de sonrisas desdentadas, y allí la tiene, agarradita de su piel, como escudo de las preguntas que no ha de contestar hoy.
El peso de los segundos en silencio le han carcomido lo más recóndito de su ser. Y ahora vaga bajo soles ponientes, que en su intento de abrigarlo le acarrean imágenes de horror.
Y tú no lo ves. Es que con tú dolor en manos se hace imposible ver el suyo. Pero el suyo está allí, chorreando por sus brazos. Cae de gota en gota llenando la copa. Copa que algún día derramará su ácida esencia abriendo el portal. Y por el se sumergirá en el no existir constante. Por él ingresará en el silencio hiriente de sus miedos atragantados.
Allí está él, fingiéndose las pupilas llenas de esperanza, cuando en realidad él sabe, desde siempre, que la valentía nunca lo vendrá a buscar.
lunes, 9 de septiembre de 2013
Qué bañen sus mejillas.
Mauro siempre fue tan increíble, tan rígido, tan sólido, tan de pies bien sujetos a la tierra. Mauro siempre fue.
La coraza de su piel es hermosamente tibia, paranoicamente en movimiento. Tras ella, en aquellos lugares dónde la percepción humana no puede acceder por sus propios medios, Mauro añeja un cúmulo de nudos bien sujetos. Allí los nudos se entrelazan sangrando lo peor de su pasado hacia la copa del presente. Allí las imágenes, que podrían hacer estremecer a la rudeza de la gran urbe, pelean por subir a la superficie, viajando en toneladas dentro de sus conductos rojos.
Pero Mauro siempre fue tan increíble. Mauro siempre fue tan sólido, tan entero, tan de lágrimas sujetas a sus ojos sin riesgo alguno de caer.
Y allí va Mauro, se levanta de su cama, y se mira en el espejo del tiempo de hoy. Y allí se ve, tan tranquilo, apaciguado, sintiendo como por dentro el dolor le mordisquea las arterias.
Mauro está en la oscuridad, sufriéndose la vida, callado, sintiendo toneladas de sustancias amargas por su cuerpo joven. Aún así no llora, aún así finge una sonrisa, una tétrica mueca típica de payaso macabro, evitando de este modo el derrumbe fatídico.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Vertebrado.
-¿Y ahora qué hacer?- He aquí la vértebra opaca donde siempre encontraron frescos huecos sus hilos mentales.
Es que hoy se piensa con la simplicidad de una misma plataforma de base. Y es en ella dónde vertieron la tierra infértil de su crecer. Allí ha ahondado sus raíces, allí se vio regado por las lluvias de los tiempos, y allí desarrolló la culpa de no poder tener más que tres pares de hojas sanas.
Sobre su tallo crecen impunes parásitos destructivos, y él, que siempre supo coartarse las ganas, los alimenta con dulzura. Y ríe, y ríe, llorándose la savia extrañamente roja.
¿Por qué siempre supo alimentarse desproporcinalmente? Es que la raíz de las culpas siempre cavó más profunda, y no hubo piso duro que no pudiese atravesar.
Allí, cuan planta anhelando crecer, saborea entre besos nuevos el jugo ácido de la culpa organizada.
Es que hoy se piensa con la simplicidad de una misma plataforma de base. Y es en ella dónde vertieron la tierra infértil de su crecer. Allí ha ahondado sus raíces, allí se vio regado por las lluvias de los tiempos, y allí desarrolló la culpa de no poder tener más que tres pares de hojas sanas.
Sobre su tallo crecen impunes parásitos destructivos, y él, que siempre supo coartarse las ganas, los alimenta con dulzura. Y ríe, y ríe, llorándose la savia extrañamente roja.
¿Por qué siempre supo alimentarse desproporcinalmente? Es que la raíz de las culpas siempre cavó más profunda, y no hubo piso duro que no pudiese atravesar.
Allí, cuan planta anhelando crecer, saborea entre besos nuevos el jugo ácido de la culpa organizada.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Un Plá más.
¿Cómo desafilar sus colmillos que empiezan a crecer?
Es que se le dibujan y desdibujan acompasando cada mirada ebria de palabras. Los silencios que entretejen no tienen desperdicio.
Amándose de la manera más ínfima, más desconocida, más muda e inoperante. Y sin embargo, tan agarraditos de lo más profundo de sus venas. Debería de vaciarme el alma en tu piel, enchastrandolo todo a mis truncos pasos.
¿Cómo desprenderse de todo ese montón de hojas secas?
¿Cómo abrigarse de lo más acuoso de su mirar? Sin mojarse, sin relamerse la punta de las uñas, sin carcomerse de ellas cada una de las palabras faltantes.
¿Cómo asumirse los silencios mal tejidos, las migas derramadas, los segundos infructuosos?
Tirado a la deriva de tu andar. El mundo gira, y ahí he de estar, incrustándome los dedos en la sien.
Ahí he de estar, a la sombra de lo intangible, mientras el tiempo pasa.
Es que se le dibujan y desdibujan acompasando cada mirada ebria de palabras. Los silencios que entretejen no tienen desperdicio.
Amándose de la manera más ínfima, más desconocida, más muda e inoperante. Y sin embargo, tan agarraditos de lo más profundo de sus venas. Debería de vaciarme el alma en tu piel, enchastrandolo todo a mis truncos pasos.
¿Cómo desprenderse de todo ese montón de hojas secas?
¿Cómo abrigarse de lo más acuoso de su mirar? Sin mojarse, sin relamerse la punta de las uñas, sin carcomerse de ellas cada una de las palabras faltantes.
¿Cómo asumirse los silencios mal tejidos, las migas derramadas, los segundos infructuosos?
Tirado a la deriva de tu andar. El mundo gira, y ahí he de estar, incrustándome los dedos en la sien.
Ahí he de estar, a la sombra de lo intangible, mientras el tiempo pasa.
domingo, 18 de agosto de 2013
Green.
Intoxicados, bajo la pesada atmósfera, qué siempre tuvo más de dagas que de plumas. Las dagas van, de ojos descolocados a ojos nuevos, jóvenes, expectantes. Impactan, hieren hermosamente las córneas, arrasan con todo intento protector. Hiriendo más allá, ahí vas, con las ganas puestas en arañarme los talones.
La piel muerta que desprendes al pasar es espectacular. He de juntar cada trocito de ella. Y me abrigaré de tu pasado. Refugiándome allí, en el rincón más inhóspito de tu ser. Allí, tomo los colores. Y los impulsos llegan, te rayo las paredes, las puertas, los vidrios de tus copas hechas añicos, las imágenes de tus ojos sangrantes. Recrearé un mundo perfecto allí, usaré cada uno de los colores que tengo, y luego usaré hasta los más tóxicos brebajes para barnizar mi obra maestra. La luna sabrá sacarlos en el momento en que decidas vivir en el rincón que te recreé.
Me haré el amor mirándome en tus charcos. Y ya nada me importará. Allí, gozaré de impunidad total y reivindicaré las más encarnadas de mis luchas. Allí me haré tan pequeño que podré colarme entre tus poros, viviré allí, entre tus párpados. Te los abriré al mundo, una y otra vez. Los cerraré, en un intento decidido de que las dagas no hieran nunca más a tus limpias pupilas.
Conservaré por los tiempo tu hiriente forma de mirarme más allá de la comisura de mis labios.
La piel muerta que desprendes al pasar es espectacular. He de juntar cada trocito de ella. Y me abrigaré de tu pasado. Refugiándome allí, en el rincón más inhóspito de tu ser. Allí, tomo los colores. Y los impulsos llegan, te rayo las paredes, las puertas, los vidrios de tus copas hechas añicos, las imágenes de tus ojos sangrantes. Recrearé un mundo perfecto allí, usaré cada uno de los colores que tengo, y luego usaré hasta los más tóxicos brebajes para barnizar mi obra maestra. La luna sabrá sacarlos en el momento en que decidas vivir en el rincón que te recreé.
Me haré el amor mirándome en tus charcos. Y ya nada me importará. Allí, gozaré de impunidad total y reivindicaré las más encarnadas de mis luchas. Allí me haré tan pequeño que podré colarme entre tus poros, viviré allí, entre tus párpados. Te los abriré al mundo, una y otra vez. Los cerraré, en un intento decidido de que las dagas no hieran nunca más a tus limpias pupilas.
Conservaré por los tiempo tu hiriente forma de mirarme más allá de la comisura de mis labios.
domingo, 4 de agosto de 2013
Los gritos de las musas.
Tic, tac.
-Mírame- dijo.
Le miró.
-No han de caer-
Y brotaron. La primera, pequeña y mágica anestesia. Luchó contra la muralla de sus lagrimares, tímida, contenida durante siglos. Bañó los valles de sus poros. Entumeció su nunca. Erizó, esperanzó, alivió.
Ella pitó mientras lo examinada con una curiosidad inaudita. Se levantó de la butaca, se sintió avergonzada de su desnudes y cubrió su joven cuerpo con lo que tuvo a mano.
Tic, tac, tic.
-Te amo-
Silencio, lágrimas que caen. Mujer desnuda en la oscura habitación. Ella siempre supo ser la leña de su hoguera. Ella siempre supo desencajarlo, otorgarle la capacidad de exteriorizarlo todo. Ella. Allí estaba ella. Tan de piedra, tan fanatizada con sus lágrimas añejadas. Se relamía ante aquella curiosa escena.
Tic, tac, tic, tac.
Un ventarrón entra por algún sitio. Y ella ya no está. Han quedado suspendidas sus palabras en el aire.
¡Y ahora son dagas sin contestación! Él se acurruca, y le besan la sien. Destrozándole la capacidad de recrearse.
Ella se ha ido. Aún puede dibujarse su cuerpo en la oscuridad. Ella sigue allí, agarradita de sus manos, incrustándose en sus ojos, exigiéndole una respuesta.
Tic, tac, tic, tac, tic.
El tiempo pasa. Nunca llegará.
-Mírame- dijo.
Le miró.
-No han de caer-
Y brotaron. La primera, pequeña y mágica anestesia. Luchó contra la muralla de sus lagrimares, tímida, contenida durante siglos. Bañó los valles de sus poros. Entumeció su nunca. Erizó, esperanzó, alivió.
Ella pitó mientras lo examinada con una curiosidad inaudita. Se levantó de la butaca, se sintió avergonzada de su desnudes y cubrió su joven cuerpo con lo que tuvo a mano.
Tic, tac, tic.
-Te amo-
Silencio, lágrimas que caen. Mujer desnuda en la oscura habitación. Ella siempre supo ser la leña de su hoguera. Ella siempre supo desencajarlo, otorgarle la capacidad de exteriorizarlo todo. Ella. Allí estaba ella. Tan de piedra, tan fanatizada con sus lágrimas añejadas. Se relamía ante aquella curiosa escena.
Tic, tac, tic, tac.
Un ventarrón entra por algún sitio. Y ella ya no está. Han quedado suspendidas sus palabras en el aire.
¡Y ahora son dagas sin contestación! Él se acurruca, y le besan la sien. Destrozándole la capacidad de recrearse.
Ella se ha ido. Aún puede dibujarse su cuerpo en la oscuridad. Ella sigue allí, agarradita de sus manos, incrustándose en sus ojos, exigiéndole una respuesta.
Tic, tac, tic, tac, tic.
El tiempo pasa. Nunca llegará.
viernes, 26 de julio de 2013
Sinsentido abstracto.
Hoy las miraba. Sus ojos descreídos se abrazaban con aquella imagen que le perforaba la sien. Y sin embargo, allí estaba, tan mirándolas, tan abrazado, tan de sien sangrante y boca desencajada.
Es ilógica la fuerza del accionar humano. Le costaba asumirse como responsable de las grietas recientes. Siempre prefirió imaginarse los cuchillos en otras manos. Pero hoy, sus manos acuchillaban su cuerpo.
Él ingresa a su mente. Y se paralizan, se paralizan. Días añejados en vidrio, le recuerdan las veces que quiso ensimismarse para detener el engranaje. Y hoy, él, con un movimiento imperceptible, lo congela todo.
Ya no está pudiendo salir de allí, y se humedece con sus ojos las maletas mal armadas.
Está allí sangrándose las grietas. Aferrado sin querer a la placenta, con las naves que nunca podrá quemar.
También allí, sintiéndose tan culpa y tan poco inocencia. Castigándose bajo las lluvias de los tiempos.
También allí está sólo con sigo mismo. Se duplica, se triplica y se habla con cada una de sus partes.
También allí no llora.
Desde el balcón, haciéndose cenizas el dedo artificial. Mirándose y mirándome. Porque él, es sólo una nueva creación de yo.
Es ilógica la fuerza del accionar humano. Le costaba asumirse como responsable de las grietas recientes. Siempre prefirió imaginarse los cuchillos en otras manos. Pero hoy, sus manos acuchillaban su cuerpo.
Él ingresa a su mente. Y se paralizan, se paralizan. Días añejados en vidrio, le recuerdan las veces que quiso ensimismarse para detener el engranaje. Y hoy, él, con un movimiento imperceptible, lo congela todo.
Ya no está pudiendo salir de allí, y se humedece con sus ojos las maletas mal armadas.
Está allí sangrándose las grietas. Aferrado sin querer a la placenta, con las naves que nunca podrá quemar.
También allí, sintiéndose tan culpa y tan poco inocencia. Castigándose bajo las lluvias de los tiempos.
También allí está sólo con sigo mismo. Se duplica, se triplica y se habla con cada una de sus partes.
También allí no llora.
Desde el balcón, haciéndose cenizas el dedo artificial. Mirándose y mirándome. Porque él, es sólo una nueva creación de yo.
lunes, 15 de julio de 2013
Afán de inmortalizar un momento de flujo mental.
Enajenado. Mirando, mirándose. Conmovido ante una serie de objetos que no deberían de estar allí. O quizás es el, y sus huesos, y sus pieles ocasionales, los que no deberían. Y no deben.
El se zambulle. En una piscina de hielos cortantes. Ellas se paralizan, y ya no le hierbe la mente a punto de resquebrajarse. Y así entiende, y así se mira a él y a su él de antes. Y lo acepta. Acepta cada una de las partes que se rompen en pedazos, y acepta la crisis de certezas que lo apabulla. Y comprende que es lo mejor.
Uno, dos, tres segundos añejados se consumen. Hierve la sangre y se despoja de todo. Y deambula dejando trocitos de piel en la alcoba.
Pita. Una y mil veces pita. En cada bocanada de humo se escapan los por qués de todo. No entiende nada, no quiere entender nada. Se deja llevar por los hilos de la crisis. Cayendo, cayendo, cayendo. Reventados los huesos que se dan contra el piso, aruñada la piel, y aún así no llora. Ha perdido la capacidad de llorar.
Uno, dos, tres, y diez años atrás. Las lágrimas bañaban la almohada cada que ves que sus héroes combatían más allá de sus posibilidades de contenerlos.
Allí, entre las sábanas derroídas, las traperas de abuelas, y el crujir de un estómago hambriento lo imaginaba. Imaginaba que todo se resquebrajaba, que las partes se partían, y que todo mejoraba.
Pero hoy no entiende como las partes se partieron y el no se ríe. Tampoco llora. Ha perdido a lo largo de los años la capacidad de exteriorizarlo todo. Y comienza a perder la capacidad de interiorizarlo. Explotará dejando una serie de residuos en el suelo.
El se zambulle. En una piscina de hielos cortantes. Ellas se paralizan, y ya no le hierbe la mente a punto de resquebrajarse. Y así entiende, y así se mira a él y a su él de antes. Y lo acepta. Acepta cada una de las partes que se rompen en pedazos, y acepta la crisis de certezas que lo apabulla. Y comprende que es lo mejor.
Uno, dos, tres segundos añejados se consumen. Hierve la sangre y se despoja de todo. Y deambula dejando trocitos de piel en la alcoba.
Pita. Una y mil veces pita. En cada bocanada de humo se escapan los por qués de todo. No entiende nada, no quiere entender nada. Se deja llevar por los hilos de la crisis. Cayendo, cayendo, cayendo. Reventados los huesos que se dan contra el piso, aruñada la piel, y aún así no llora. Ha perdido la capacidad de llorar.
Uno, dos, tres, y diez años atrás. Las lágrimas bañaban la almohada cada que ves que sus héroes combatían más allá de sus posibilidades de contenerlos.
Allí, entre las sábanas derroídas, las traperas de abuelas, y el crujir de un estómago hambriento lo imaginaba. Imaginaba que todo se resquebrajaba, que las partes se partían, y que todo mejoraba.
Pero hoy no entiende como las partes se partieron y el no se ríe. Tampoco llora. Ha perdido a lo largo de los años la capacidad de exteriorizarlo todo. Y comienza a perder la capacidad de interiorizarlo. Explotará dejando una serie de residuos en el suelo.
sábado, 13 de julio de 2013
Sobriamente perdido.
Sería imposible crearme y recrearme lentes a través de los cual hoy me pueda ver. Es que el lente empaña silenciosamente la concepción de un cuerpo al borde de caer. Y está en la escencia misma de ellos el caer cuando ya no están sujetos a nada.
Contra el piso. Historias de barro y polvo contra el frío piso. Pasos que resuenan y rompen tímpanos. Y sino embargo se siente tan cuerpo, tan cayendo y tan contra el piso.
Hoy mis manos no son pluma y tintero sobre hojas de papel amarillo. Hoy mis manos son plumas y con ellas me corto los conductos rojos, y deramo su líquido espeso sobre mi piel. Nunca pude contener un segundo las palabras no dichas, ni esquivarme la mirada en el espejo cuando siento que comienzo a caer.
Algo se desata y arremolina en el interior. Y ya no basta con ponerle trabas a la verdad que estoy empezando a divisar.
Me caigo. Y me espanto de verme tan tranquilo, tan sobrio, y mirandome tan crudamente allí.... Contra el piso.
Contra el piso. Historias de barro y polvo contra el frío piso. Pasos que resuenan y rompen tímpanos. Y sino embargo se siente tan cuerpo, tan cayendo y tan contra el piso.
Hoy mis manos no son pluma y tintero sobre hojas de papel amarillo. Hoy mis manos son plumas y con ellas me corto los conductos rojos, y deramo su líquido espeso sobre mi piel. Nunca pude contener un segundo las palabras no dichas, ni esquivarme la mirada en el espejo cuando siento que comienzo a caer.
Algo se desata y arremolina en el interior. Y ya no basta con ponerle trabas a la verdad que estoy empezando a divisar.
Me caigo. Y me espanto de verme tan tranquilo, tan sobrio, y mirandome tan crudamente allí.... Contra el piso.
domingo, 30 de junio de 2013
Allí van.
Repican. Repican los pasos sobre charcos, que reflejan algo más que las lunas de tus pupilas.
No vienen de una figura única. Es que repican incesantemente sobre el asfalto. Creando y recreando ecos de cánticos que tienen algo más de indignación que de felicidad. Son varios, codo con codo, y se suman hileras variopintas, y aúnan voces que se entremezclan con su bello repicar.
Allí van. Tatuándose con tinta del que sueña más allá de los límites oníricos los objetivos que persiguen en su firme caminar.
Allí va. Entumecidos por el frío de ese mes de junio, haciéndose tan gigantes que podrían opacar a todo intento boicoteador.
Ellos son las piedras en los zapatos lustrados y caros del señor. Y desde sus pies descalzos nos muestran que aún quedan abrazos tibios allá a dónde van.
Increíbles repicares con sus cánticos, y sus ganas, y sus fuerzas aunadas más allá de los límites oníricos.
lunes, 3 de junio de 2013
La vomitiva realidad.
Sólo dejó deslizar sus dedos por aquella hoja en llamas para creerse tan sólido, tan firme, tan de raíces bien sujetas y hojas siempre verdes.
La facilidad con la que se dejaba mentir palabra a palabra era inaudita. Reduciendo una y mil veces, en cada beso opaco, la posibilidad de un final indeseable. Y cerró el abanico, y se creyó con todas sus ganas que al menos esta vez nada caminaría en la misma dirección de siempre. Esa dirección que lo trasciende, y que le ahoga las ganas de seguirse pensando.
Sólo bastaron tres, cuatro minutos desde el momento de desprender las manos, para que ella golpeara su puerta. No le quiso abrir, se refugió en su piel inventada para no mostrarle la carne desnuda de su pecho. Pero ella golpeó y golpeó su puerta. La de sus ojos, la de sus oídos y la de su mente. Derribó incesantemente las barreras e irrumpió muda en la habitación. Él la miró, tan cruda, tan sin ropas, tan real.
Hoy esquiva el peso de sus ojos, sólo para no afrontarse las culpas de un reduccionismo típico de una sien en llagas. Hoy se lame las heridas sacándose el néctar y las huellas de lo que fue feliz ayer.
La vomitiva realidad ha dictado su juicio y trata de arrancar y tergiversar toda imagen plena del día de ayer.
La facilidad con la que se dejaba mentir palabra a palabra era inaudita. Reduciendo una y mil veces, en cada beso opaco, la posibilidad de un final indeseable. Y cerró el abanico, y se creyó con todas sus ganas que al menos esta vez nada caminaría en la misma dirección de siempre. Esa dirección que lo trasciende, y que le ahoga las ganas de seguirse pensando.
Sólo bastaron tres, cuatro minutos desde el momento de desprender las manos, para que ella golpeara su puerta. No le quiso abrir, se refugió en su piel inventada para no mostrarle la carne desnuda de su pecho. Pero ella golpeó y golpeó su puerta. La de sus ojos, la de sus oídos y la de su mente. Derribó incesantemente las barreras e irrumpió muda en la habitación. Él la miró, tan cruda, tan sin ropas, tan real.
...
Hoy esquiva el peso de sus ojos, sólo para no afrontarse las culpas de un reduccionismo típico de una sien en llagas. Hoy se lame las heridas sacándose el néctar y las huellas de lo que fue feliz ayer.
La vomitiva realidad ha dictado su juicio y trata de arrancar y tergiversar toda imagen plena del día de ayer.
martes, 28 de mayo de 2013
Sólido, rígido, inmóvil.
Y ahí estaba, había detenido la marcha uno, dos, tres instantes. Estaba sólido, rígido, conteniendo los suspiros que pudiesen no sentirse parte de la atmósfera reinante.
Jugaba a balancearse sobre las barandas del puente. Sentía como los fríos se le colaban entre los poros y congelaban todo deseo de avanzar. Sólido, rígido, inmóvil.
Sus dientes ya no eran suyos, eran el aliado real de la opresión. Ella los llamaba a morder sin asco su propia lengua cada vez que las palabras querían aflorar.
Y él mismo encarnaba en llagas aquello que había adquirido como el deber ser de las cosas. Y ya no quería más. Saltó de las barandas del puente para estrellarse los dientes contra las filosas rocas. Sangró una y mil veces el espeso jugo de sus años. Manchó de su tintero la hoja de su vida, formando un nudo indescifrable.
Y ahora era un ovillo de piel, entumecido, ya sin dientes, pero aún así en silencio. El miedo tenía más aliados en su ser de los que podía contar una tarde de otoño.
jueves, 23 de mayo de 2013
La tóxica realidad que converge.
Es tan difícil saber de qué esencias está compuesto tu llanto.
A veces me divierte pensarme con algo más de fantasía, algo menos de realismo, y unos cuantos tajos menos en los pies. Pero los tajos siguen ahí, y no supuran fantasía, y el realismo es real en las horas dónde se frenan los engranajes de las máquinas.
Estoy engranado, y las ganas, y los ojos, y las manos se engranan con migo. ¿Qué tan provechoso será el producto final para una boca ya sin sed? ¿Qué desdentada será la boca, que reseca de labios, me carcoma los sueños de mis uñas?
Hoy soy algo menos que un engranaje, y algo menos que un objetivo en sí mismo. Estar sirviendo a fines ajenos, no es el ideal, pero sí la rendija principal por la cual me miro.
Me intoxiqué al frenar los motores. ¡Qué comiencen los días dónde el tiempo no posibilite nada más que actuar! ¡Qué se corten los hilos de un flujo mental que converge en un mismo desvelo!
Al pié de las sombras, intoxicado. Tóxico, real, convergiendo en un mismo punto.
A veces me divierte pensarme con algo más de fantasía, algo menos de realismo, y unos cuantos tajos menos en los pies. Pero los tajos siguen ahí, y no supuran fantasía, y el realismo es real en las horas dónde se frenan los engranajes de las máquinas.
Estoy engranado, y las ganas, y los ojos, y las manos se engranan con migo. ¿Qué tan provechoso será el producto final para una boca ya sin sed? ¿Qué desdentada será la boca, que reseca de labios, me carcoma los sueños de mis uñas?
Hoy soy algo menos que un engranaje, y algo menos que un objetivo en sí mismo. Estar sirviendo a fines ajenos, no es el ideal, pero sí la rendija principal por la cual me miro.
Me intoxiqué al frenar los motores. ¡Qué comiencen los días dónde el tiempo no posibilite nada más que actuar! ¡Qué se corten los hilos de un flujo mental que converge en un mismo desvelo!
Al pié de las sombras, intoxicado. Tóxico, real, convergiendo en un mismo punto.
sábado, 11 de mayo de 2013
Pla, pla, pla.
Y los dedos se incrustan en las viejas llagas. Y el dolor ha desaparecido, se ha esfumado sobre el peso de un universo definido de cosas para hacer.
¿Dónde se albergará ahora que ya no sabe llorarse la piel hasta empaparse de futuro? ¿Es que los horizontes serán siempre más visibles si los mira desde el balcón desarraigado?
Un millón y medio de dagas sin filo se aproximan. Y corres, corres. Pero los hilos limítrofes te hacen tropezar con los miedos de los tiempos. Gritando sobre la alfombra de imágenes que se te ríen, te abrazas a ti mismo, y te incrustas las manos en las costillas.Y nada duele, nada duele. Ni la destrucción más deseada podría dolerte más que el recordar no poder haber construido la fortaleza antes.
¿Dónde se albergará ahora que ya no sabe llorarse la piel hasta empaparse de futuro? ¿Es que los horizontes serán siempre más visibles si los mira desde el balcón desarraigado?
Un millón y medio de dagas sin filo se aproximan. Y corres, corres. Pero los hilos limítrofes te hacen tropezar con los miedos de los tiempos. Gritando sobre la alfombra de imágenes que se te ríen, te abrazas a ti mismo, y te incrustas las manos en las costillas.Y nada duele, nada duele. Ni la destrucción más deseada podría dolerte más que el recordar no poder haber construido la fortaleza antes.
domingo, 31 de marzo de 2013
Qué se yo.
Agarrando el lápiz puedes dibujarme de tantas formas diferentes. Y ahora siento que mis brazos ya no son míos, que son un haz de luz que se clava en tus retinas y se mancha a cuenta gotas en una hoja de frío papel. Y mis ojos, y mis manos, y mis dientes afiliados, desafilados, entumecidos.
¿Cuán frágil es la línea que delimita mi mirada de mí mismo y la tuya? Y ahí estás definiéndome, contornéandome, delinéandome. Y ahí estoy ya sin brazos, ya sin ojos, ya sin manos, ya sin dientes. Y me afilo, y me desafilo y me entumezco.
Ojalá pudiese desnudarme de toda esta camada de hojas que me ahogan.
¿Cuán frágil es la línea que delimita mi mirada de mí mismo y la tuya? Y ahí estás definiéndome, contornéandome, delinéandome. Y ahí estoy ya sin brazos, ya sin ojos, ya sin manos, ya sin dientes. Y me afilo, y me desafilo y me entumezco.
Ojalá pudiese desnudarme de toda esta camada de hojas que me ahogan.
viernes, 22 de febrero de 2013
Uniendo las partes.
Entonces le miré. Sus manos temblaban sin razón aparente,
mientras se relamía en el final de su “cuba libre”. Y qué bien, pensé. Podía
ver en sus ojos truncos, tras el humo del ambiente dulce, un cachito de la
verdad que me faltaba. Estaba allí, y no se avergonzaba de saberme mirándole.
Solo bastó con esquivar un par de cuerpos que danzaban, con
tironearle a mi vergüenza una pizca de mi coraje, y le hablé, y me hablé, y
hablamos. Y en cada palabra se anidaba el deseo de ir más allá de lo que
pudiese aguantar este cuerpo. De carcomerme las uñas, de tensar mis nervios,
ante la idea de su piel desnuda. De amanecer hecho trizas, húmedo como un niño
bajo las lluvias de los tiempos, pero sabiéndome feliz de encontrar en sus
labios un poco del calor necesario para poder abrigarnos.
martes, 19 de febrero de 2013
¡No han de bañar una piel que ya no las merece!
En el aire están suspendidas las partículas muertas de la piel de antaño. Es complicado mudar de piel con tanta facilidad, las piedras ya podrían bien aruñar más allá de ella. Carcomer la carne, tiesa ante una secuencia de imágenes mal pegadas, de caricias y gritos, de violentas formas de amar, y amarme, para poder volver a amar.
¿Era tan difícil asumir que las consecuencias de sus pensamientos, quizás y por algún motivo, empañaban su forma de ver al pasado? Ya se había replanteado tanto lo ya vivido, que a veces creía no saber qué fue verdad y que fue solo un mero producto de su imaginación.
Hoy contiene las sales líquidas. ¡No han de caer! ¡No han de bañar una piel que ya no las merece! No han.
Es que los muros construidos necesitan más que manos para derribarse. Enjaulado en sus propias retinas, mirando el mundo desde allí, abraza sus costillas, hundiéndose los dedos en los poros.
¡Ha de decirse, de repetirse consecuentemente que aún queda algo más que piel muerta en el aire! Solo así podrá creerse que nada está tan firme como para no poder cambiarlo.
¿Era tan difícil asumir que las consecuencias de sus pensamientos, quizás y por algún motivo, empañaban su forma de ver al pasado? Ya se había replanteado tanto lo ya vivido, que a veces creía no saber qué fue verdad y que fue solo un mero producto de su imaginación.
Hoy contiene las sales líquidas. ¡No han de caer! ¡No han de bañar una piel que ya no las merece! No han.
Es que los muros construidos necesitan más que manos para derribarse. Enjaulado en sus propias retinas, mirando el mundo desde allí, abraza sus costillas, hundiéndose los dedos en los poros.
¡Ha de decirse, de repetirse consecuentemente que aún queda algo más que piel muerta en el aire! Solo así podrá creerse que nada está tan firme como para no poder cambiarlo.
jueves, 7 de febrero de 2013
Desenredando sus cabellos.
Maira se encontraba sola en su habitación. Y rodeada de recortes de diarios, de fotos
desteñidas, de regalos sin sentido, se le dibujaba una sonrisa añejada a través
de los años. En aquella cajita de galletas, día tras día, y año tras año, se
había empeñado en resguardar de las uñas del tiempo, el desecho material de su
vida.
Algunas noches, cuando creía perder la cabeza, esa que
siempre se empeñaba por seguir a la luna en su viaje por el cielo, repetía la
operación. Se estiraba al máximo para obtener de arriba del destartalado placar
la cajita. La abría. Todo estaba organizado del mismo modo que siempre. Estaba
confiada en que si movía la mínima partícula de ese hilo de memoria, su pasado
se re.ordenaría de cara al mañana. Muchas veces se descubrió tentada a hacerlo,
pero el miedo la mantuvo helada.
Esa noche era distinta. Había discutido con su madre sobre
su futuro próximo una vez más. Y se sintió tentada. Guardó las fotos, las
cartas, los regalos, de un modo distinto, y entendió, y de una vez y por todas,
que ella debía desprenderse de la placenta. Y en silencio, acarició sus
piernas, se abrazó a ellas, y lloró.
sábado, 2 de febrero de 2013
Las uñas de Bruno.
Y así empezó. Quizás sin las razones necesarias, pero sin
dudas debía de ser esa noche.
No había cenado mucho, ni poco. Sentía como las tripas le
gritaban a más no poder que las desenredara. Se dispuso a prender un cigarro,
pero las manos entumecidas siempre bien supieron hacérselo más difícil de lo
normal. Pitó, una y otra vez, y dejó que ella se fuese con el humo, porque era
mejor así, sabiéndola bien lejos de amanecer en su piel enardecida.
Seis de la mañana, Bruno duerme. Nadie parece percatarse de
su desnudes, de la forma en que crecen los pelos de sus piernas, de la baba
seca absorbida por la almohada. Abre los ojos lentamente, los párpados le pesan
como su voz hiriente. Es necesario ser un ente al margen de todo, al menos hoy.
Bruno se levanta, estira su cuerpo de 17 años, su cuerpo con resaca de niño, y
con matices de hombre. Es hora de ducharse, de apalear el alcohol de ayer a
como de lugar.
La casa está completamente vacía y muda, pero sin embargo
necesita cubrirse solo para no sentirse tan observado por el silencio. Piensa
dónde estará ella, y no sabe las respuestas, realmente es hora de volver a la
cama.
Ella se fue, volando fuera de sus sin sentidos. Ella acabó
hoy con sus ganas de ser algo más que lágrimas y sueños húmedos. Y se siente
hoy más que nunca un trozo de carne descompuesta a la vera del camino, para que las moscas de
sus brazos lo terminen de devorar.
¿Por qué? Por qué se había convertido en la razón de sus
pasos truncos. ¿Por qué? Por qué lo había hecho descubrirse en un sexo que
sabía a principiantes. ¿Por qué? Por qué le hacía preguntarse y carcomerse de
las uñas los eternos por qué de todo.
Era hora de volver a la cama, y sin más, calló rendido a la
vera de un futuro incierto.
lunes, 28 de enero de 2013
No supe entender.
¿Por qué no me convidas con el caramelo insulso de tu piel?
Quiero lamerme los ojos hasta borrar todo lo que pudo incrustarse en mis retinas.
Y los tiempos acompasan a los cuerpos que queriendo danzar dejan un camino infinito de células muertas.
Pero es necesario. Es necesaria la necesidad de buscarte, a vos, a mí con vos.
Pero el reloj ya dejó de gritarte pidiéndote estabilidad para que me la regales.
Ven, te invito a mi tejado, barramos las hojas y la espuma, sentémonos en lo más limpio de nuestros seres, a mirarnos a través de la comisura de los labios.
Quiero lamerme los ojos hasta borrar todo lo que pudo incrustarse en mis retinas.
Y los tiempos acompasan a los cuerpos que queriendo danzar dejan un camino infinito de células muertas.
Pero es necesario. Es necesaria la necesidad de buscarte, a vos, a mí con vos.
Pero el reloj ya dejó de gritarte pidiéndote estabilidad para que me la regales.
Ven, te invito a mi tejado, barramos las hojas y la espuma, sentémonos en lo más limpio de nuestros seres, a mirarnos a través de la comisura de los labios.
viernes, 18 de enero de 2013
Una vez más.
Y allí estaba, limándose las partes. Dejando en la alfombra aquello que no lo dejaba encajar.
Es tan raro mirarme a veces a través de vos. ¿Qué ves en mis prófugas miradas? Solo veo un niño descalzo y con frío.
A veces me gustaría arrancarme la culpa de las venas. Y lavarme la cara con las ganas de desordenarme el rosto.
¿Por qué a cada paso los clavos oxidan mis pies? ¿Por qué me esfuerzo por colmar la lista de expectativas que hiciste?
Es tan raro mirarme a veces a través de vos. ¿Qué ves en mis prófugas miradas? Solo veo un niño descalzo y con frío.
A veces me gustaría arrancarme la culpa de las venas. Y lavarme la cara con las ganas de desordenarme el rosto.
¿Por qué a cada paso los clavos oxidan mis pies? ¿Por qué me esfuerzo por colmar la lista de expectativas que hiciste?
lunes, 14 de enero de 2013
Me harté.
Sé que él se esconderá para jugar con mi desesperación. Voy
sintiendo como se enfría mi cuerpo, y mi mente ya está sumergida en el más
denso de los abismos.... Ese que no te deja caer sin más.
¿Es tan difícil
entender que las partes no siempre han de funcionar bien juntas? Yo ya no
quiero engranar mis manos para servir a algo en lo que no creo.
Y es que el niño
llora de espaldas a los cambios funestos. Las inescrupulosas manos de cadenas
lo han acorralado. Su mente es ahora una cuerda tirante, que, y en cualquier
momento, puede reventar para ya no unirse nunca.
He de
beber.me a mi mismo lo que quedó en mis ojos. Relamiéndome con otros andares
para aguantar los tiempos de hoy. Ya no me basta con mirarme desecho por el
piso sin reconstrucción posible.
Me harté, y voy a
pasar mis horas al resguardo de que todo pierda importancia.
miércoles, 2 de enero de 2013
Voy cayendo.
Y es que quizá no todos encajemos con el resto de las piezas del cuadro mal armado. Nunca he logrado contornearme de un modo tal, que mis manos puedan entrelazarse con las tuyas, ni me incita en mínimo interés.
A veces suelo mirar.me en el fango de mis manos. Y solo veo más y más fango. Y es que esta tierra infértil a cuenta gotas va cortando las ataduras a ella. He de caer.
¿Por qué la piel no es suficiente para asfixiar mis pensamientos?
¿Qué tiene de mal mi boca que sangra la sed por la alfombra?
¿Dónde están tus pies? ¿Por qué no viene aquí a patearme la cabeza? He de cubrirme el rostro para ya no verme.
En las ruinas de las ganas fenecidas. Una vez más.
A veces suelo mirar.me en el fango de mis manos. Y solo veo más y más fango. Y es que esta tierra infértil a cuenta gotas va cortando las ataduras a ella. He de caer.
¿Por qué la piel no es suficiente para asfixiar mis pensamientos?
¿Qué tiene de mal mi boca que sangra la sed por la alfombra?
¿Dónde están tus pies? ¿Por qué no viene aquí a patearme la cabeza? He de cubrirme el rostro para ya no verme.
En las ruinas de las ganas fenecidas. Una vez más.
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